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A LA COLUMNA DE CARLOS CACERES 25 DE FEBRERO DE 2005
publicado en La columna de CARLOS CACERES DURAN | 0 Comentarios
RECORTEMOS EL INGRESO DE UNOS POCOS, PARA QUE MUCHOS NO SE MUERAN DE HAMBRE
Recortemos el ingreso de unos pocos
para que muchos no se mueran de hambre
En estos días he estado leyendo algunos datos que realmente impresionan y a los cuales deberíamos prestar mayor atención.
La población mundial está estimada en unos 6.200.000.000 de personas.
De todos esos millones de seres humanos sólo 1.740.000.000 pueden ser considerados consumidores, lo cual representa un 28 % del total.
Si realizamos un desglose de esta información obtenemos estos datos:
En Japón el 95% de su población es considerada consumidora, tan sólo unos 7.000.000 de habitantes quedan por fuera del sistema.
En Estados Unidos de América el 84% de su población: 242.000.000 son consumidores, pero el resto o sea 46.000.000 de habitantes, no tienen capacidad económica para considerarse consumidores ¡y estamos hablando del país que se supone el más rico del mundo!
En Europa Occidental se pueden considerar consumidores a 349.000.000 de personas (89%), pero quedan fuera del consumo 43.000.000 de personas.
En Rusia los números dicen que 61.000.000 (43%) son actualmente consumidores contra 82.000.000 que no tienen los recursos para ello.
En Brasil hay estimados 58.000.000 de consumidores (33%) frente a 118.000.000 de marginados. China presenta 240.000.000 de consumidores (19%) y 1.060.000.000 de chinos que no tienen capacidad de consumo.
India tiene 122.000.000 (12%) de consumidores frente a 900.000.000 que no pueden serlo. En África subsahariana 34.000.000 (5%) son consumidores o sea que 650.000.000 de personas están en la miseria.
Considerando números globales, en los países industrializados viven 820.000.000 de consumidores (el 80% de la población) y 910.000.000 en los países periféricos (sólo el 17% de la población).
Mientras los 1.740 millones de consumidores gastan más de 20 euros por día, hay 2.800 millones de personas que tienen que vivir con menos de 2 euros diarios y 1.200 millones de personas viven con menos de 1 euro diario o sea en la extrema pobreza. Mientras el habitante medio de USA consume cada año 331 quilos de papel, en India usan 4 quilos y en gran parte de África menos de 1 quilo. El 15% de la población de los países industrializados consume el 61% del aluminio, el 60% del plomo, el 60% del cobre y el 50% del acero. Viendo estos números, nos damos cuenta de que se también se pueden extrapolar a las áreas de servicios y como quien dice: “¡Cerrá y vamos!”
Cuando miramos lo que sucede alrededor de las ciudades más importantes de los países del mundo, encontramos contrastes que impactan. Unidades habitacionales que valen desde 600.000 dólares hasta varios millones de dólares y a 20 minutos de distancia, personas a las que no se considera como tales en la realidad, que viven en miserables chabolas que es lo único que han podido obtener como lugar para vivir, si es puede llamársele de esa manera a los miserables habitáculos en los que se ven obligados a estar.
Los dos mundos, el de la miseria y el del consumismo viven uno cerca del otro y mientras los políticos no se decidan a tomar las medidas necesarias para empezar a generar los cambios progresivos necesarios para que unos sean menos pobres y otros menos ricos, los choques entre ambos mundos serán constantes y se producirán muertos de ambos lados.
Ahora bien ¿por qué decía líneas arriba que el cambio debía ser progresivo? Por la sencilla razón de que si los hábitos de consumo de los 1.740 millones de consumidores se extendieran con las mismas pautas a los 6.200 millones de habitantes del planeta, la situación sería completamente insostenible: agua, energía, madera, minerales, tierra fértil por citar algunos recursos, se terminarían o serían muy escasos y por otra parte a ello se sumaría la pérdida de biodiversidad, la contaminación, la deforestación y el cambio climático, que ya son complejos en este momento y que podrían llegar a extremos insostenibles para quienes habitamos la Tierra.
Algunos datos sobre el tema del consumo: entre 1950 y 2002 el consumo de agua se ha triplicado, el de combustibles fósiles se ha quintuplicado, el de carne creció un 550%, las emisiones de dióxido de carbono han aumentado un 400%, el PIB mundial aumentó un 716%, el comercio mundial creció un 1.568%, el gasto mundial en publicidad un 965%, el número de turistas que salieron de sus fronteras creció un 2.860%, el número de automóviles pasó de 53 millones en 1950 a 565 millones en 2002 y el consumo de papel creció un 423% entre 1961 y 2002. Las importantes ganancias obtenidas en la eficiencia de los procesos, se ven rápidamente absorbidas por el aumento del consumo. Las viviendas son cada vez mayores y los automóviles cada vez más potentes.
¡Se crea por otra parte un círculo de trabajo-consumo que se torna infernal!
Se pierden cantidad de horas (en especial en los países periféricos) en transportarse de la casa al lugar de trabajo y a la inversa. Se genera un espiral de consumo, endeudamiento para consumir y trabajar para pagar un endeudamiento mayor. El consumo se hace a costa de hipotecar la vida, la salud y el bienestar psicológico.
En los países del primer mundo se subsidian costos de producción, se dan largas financiaciones, todo con tal de mantener el consumo en altos niveles, aunque estos niveles no sean sustentables desde un punto de vista ambiental y un claro ejemplo es la disminución de la capa de ozono y el debilitamiento de los hielos polares, que podrían causar, si persisten en el tiempo, una catástrofe planetaria de niveles inimaginables.
Por lo tanto una de las medidas que se debieran tomar a nivel universal, sería la de racionalizar el uso de los recursos con que contamos en el planeta, no despilfarrar los recursos minerales, hidrológicos, vegetales, sino usarlos con criterio y mesura. Un ejemplo puede darnos una idea de qué cosa hablo al decir que no hay que despilfarrar. Cuando vamos a comprar los alimentos al supermercado o al autoservice del barrio, no llenan de bolsas de nylon. Esas bolsas se produjeron con derivados del petróleo, que en el caso de Uruguay hay que importar y que tiene un costo alto. Esas bolsas, en general, son usadas hasta llegar a la casa y luego son tiradas a la basura. ¿No podríamos reusarlas para tirar la basura? Por otra parte esas bolsas no se degradan fácilmente sino a lo largo de cientos de años, con lo cual estamos deteriorando el medio ambiente. ¿Por qué no se insiste con el uso de bolsas biodegradables y se prohíben las que no lo sean?
Si pasamos al tema de la distribución, por favor, no insistamos con la tontería para niños de escuela, de que hay que lograr que los pobres sean menos pobres sin bajar el nivel de los que más tienen, esa famosa frasecita de “igualar para arriba” ¡porque no es real! La torta es una sola y si el pedazo que le corto a alguno es más grande de lo que le estaba dando, a algún otro le voy a tener que achicar la porción ¡y no hay vuelta! El asunto es que si sigo generando personas que cada vez menos tienen, lo que se va a lograr es que el choque que decíamos entre ambos y opuestos mundos sea cada vez más exacerbado y que se deba finalmente salir con escolta a la calle y vivir en unidades habitacionales blindadas y con guardias armados. Si ese es el mundo que deseamos, ¡fenómeno, sigamos adelante! Pero si queremos poder seguir saliendo tranquilos a la calle o volver a hacerlo, ir a la playa o al parque, no salir pensando si volveremos vivos y no tener gastos descomunales en seguridad, pues entonces repartamos mejor los recursos que se generan y no como ahora con el 65% recibido por el 20% de la población de nivel socioeconómico más alto, con el 20% más pobre recibiendo 4-5%, con salarios basura que por supuesto, personas como el Doctor Ramón Díaz defienden a ultranza; en definitiva, él no se muere de hambre, y los que tienen el dinero son sus amigos así que intenta convencernos de que hay que pagar poco para que las empresas sigan funcionando, cuando él mismo ha dicho que cuando una empresa se funde, si el mercado requiere esa actividad aparece otra más eficiente y que por ese motivo logra permanecer. ¡Repartamos la miseria mientras la oligarquía baila y se emborracha en Punta del Este o Miami! ¿No será que hay que incentivar el cooperativismo empresarial? ¡Yo creo que sí! Cuando el aportante o formador de capital es una o pocas personas, sus aspiraciones de ingresos son altas y en ocasiones muy altas. Esa aspiración de ingresos pasa de ser el resultado marginal de un buen año de ventas, para convertirse en parte de los costos y por tanto los precios de venta aumentan para ajustarse a esos niveles. En cambio si quienes producen están asociados en una cooperativa y están bien asesorados, la empresa no sólo funciona bien, sino que las aspiraciones de ingresos de esos trabajadores es muchísimo más baja y por lo tanto los precios de venta pueden ser también mucho más bajos, por lo cual el nivel de competitividad aumenta en forma sustancial. Entonces terminemos con los “versos” de estos economistas “sectoriales” y digamos la verdad.
Terminemos con el hambre de muchos, con la que algunos pocos se han hecho ricos.
Hasta la próxima semana.

























