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Desde hace más de 50 años el kibutz Metzer y la aldea árabe Meiser demuestran que la coexistencia pacífica entre judíos y musulmanes es posible.

En momentos en que las luchas entre palestinos amenazan la frágil estabilidad en Medio Oriente y con el conflicto palestino-israelí como eterno problema sin resolver, El Observador dialogó con los hacedores de una convivencia a imitar

POR JUAN PAULLIER DE LA REDACCIÓN DE EL OBSERVADOR

Con el 1 y al arco Sergio Saad. Oriental, casado, 55 años. “Pasa la pelota o el jugador, pero nunca los dos”, dice por si quedan dudas de que es uruguayo. En la defensa, de zaguero, Alberto Mazor; israelí de origen argentino, judío, casado, 61 años. En la mitad de la cancha, Said Arda; árabe-musulmán-israelí-palestino –tal cual él se define–, casado, 45 años. Ellos tres, y varios más, jugaban al fútbol en un equipo bastante particular, conformado por los habitantes del kibutz Metzer y los de la contigua aldea árabe Meiser, en Israel, a tan solo un kilómetro de distancia de la cerca de seguridad de Cisjordania, una zona caliente de Medio Oriente. Es un ejemplo de convivencia pacífica entre dos pueblos enfrentados, y no precisamente en una cancha de fútbol.

La fundación. El kibutz Metzer fue fundado en 1953 por judíos argentinos socialistas que hicieron aliá (inmigración). Les iban a dar tierras contra el Mediterráneo y para ello se prepararon en el oficio de pescadores, practicando en Mar del Plata.

Al final, terminaron en las colinas de Samaria, pegado a la Línea Verde –frontera del armisticio con Jordania–, y junto a la aldea árabe Meiser, que hacía más de 100 años estaba instalada en la zona.

Los 120 recién llegados estaban desesperados. Iban a vivir de la pesca y ahora debían subsistir por medio de la agricultura, algo para lo que no estaban preparados. De eso sí sabían los 1.500 habitantes de Meiser. Era un lugar apartado. “Lo único que tenían para hacer era ayudarse unos a otros para poder sobrevivir”, cuenta Mazor a El Observador. Ahí se plantó una semilla para la paz, que hasta hoy da sus frutos.

En 1967, en medio de la guerra de los Seis Días, el porteño Mazor, por entonces de 21 años, salió desde Río de Janeiro rumbo a Israel. “Quería darle a mi vida una forma en la cual me sintiera plenamente identificado como judío”, explica.

Cuando llegó, después de 21 días a bordo del barco, la unión entre el kibutz y la aldea estaba consolidada. Había que alimentarla, y los años siguientes darían oportunidades para ello.

Paradójicamente, la guerra que libraron –durante tres semanas de octubre de 1973– Israel contra una coalición de estados árabes comandada por Egipto y Siria, sirvió para que se arraigaran los lazos.

Los hombres del kibutz fueron reclutados –entre ellos Mazor– y debieron partir a la guerra. Era plena época de cosecha. Los muchachos de la aldea árabe se presentaron y prometieron encargarse del trabajo. “Gracias a la aldea Meiser el kibutz Metzer pudo salvar la temporada”, asegura el argentino. Yom Kipur resultó ser para estas comunidades otro indicio de paz.

Balazos contra la amistad. El 10 de noviembre de 2002 los pueblos fueron otra vez puestos a prueba. A las 23.30 un palestino se infiltró en el kibutz y mató a balazos a cinco personas. Entre ellas, a una madre y sus hijas de 2 y 4 años.

El incidente sucedió mientras Mazor dormía, a tan solo 50 metros de su casa. El atacante logró escapar y se metió en la aldea, de donde lo expulsaron. Pero las muertes también alimentaron la sana convivencia. Apenas sucedió el hecho, Arda recibió un llamado. Estaba en su casa de su aldea natal junto a su esposa alemana cristiana y sus cuatro hijos. Llamaban del kibutz. “Querían saber si estaba todo bien”, cuenta a El Observador.

Los habitantes de la aldea concurrieron al entierro de los muertos en el kibutz. Algo natural para Arda, hijo de palestinos, pero ciudadano israelí.

Mazor y Arda consideran que el ataque tuvo como objetivo deteriorar las relaciones y demostrar que árabes y judíos no pueden convivir juntos; idea que derriba el “Proyecto de Coexistencia Pacífica” entre la aldea y el kibutz, que ya funcionaba en aquel entonces. Lo codirige Arda, quien considera a Mazor su hermano: “Cuando estamos juntos, uno no piensa en el conflicto entre israelíes y palestinos”. Un conflicto en el que, para el árabe, “ambos lados tienen responsabilidad”.

Arda ve difícil que su proyecto pueda ser imitado. “Es bueno para nosotros. Pero pienso que los líderes políticos pueden hacer cosas más importantes”, dice.

Por su parte, Mazor reconoce que son la excepción. Pero cree posible la convivencia entre israelíes y palestinos. “Si se dan las condiciones”, aclara. “Cuando los judíos dicen que no hay con quién hablar, eso no es cierto. Cuando querés hablar, siempre vas a encontrar con quién hacerlo”, asegura.

“La gente sabe el final del cuento (la creación de un Estado palestino), el asunto es cuánta sangre va a correr antes”, sentencia.

Presencia uruguaya. En el kibutz viven unos 10 uruguayos. Uno de ellos es Saad, quien en 1972 emigró por ideología. “Fui siempre socialista y la situación en Uruguay no daba para más”, dice. No es judío, pero sí lo es su esposa chilena.

Tiene 55 años, y sus hijas de 33 y 28 también habitan en Metzer. Ya pasó más años en Israel que en Uruguay. Y por ahora no se le pasa por la mente volver. Es técnico industrial y administrador de empresas, pero ahí trabaja en la cría de pollos. “En lo que me gusta”, aclara.

Que la gente de la aldea haya colaborado con el kibutz durante la guerra, fue muy significativo para Saad. “Son cosas que te quedan marcadas”.

Dice que el problema con los palestinos va para largo. Que lo que pasa entre Metzer y Meiser es un ejemplo para la paz, y para la convivencia. Una demostración de que “se puede salir adelante sin armas”.

En la cancha. En la diaria, los tres hombres se defienden. Espalda con espalda, en la cancha, hicieron frente a alguna que otra pelea. Pero igual hay sutiles diferencias. En el fútbol, Saad, hincha de Peñarol, prefiere putear en español. El porteño, fanático de River Plate, se queda con el insulto en árabe. No es su idioma, pero “las puteadas son mucho más jugosas”.

No debe sorprender que después de cada partido, Mazor, Saad y Arda se fueran a tomar una. Y tampoco que eligieran Coca-cola y se abstuvieran de la cerveza para no molestar al musulmán. Ahora ya no juegan juntos porque no les da el físico. Pero los hijos siguen la tradición tanto en el fútbol como fuera de la cancha.

Noticia seleccionada por Miguel Ems


Comentarios

1 Comentario

  1. Reuben Sofer el Sábado, 7 dUTC julio dUTC 2007 - 17:26

    Soy miembro de un kibutz argentino ( con algunas ecepciones uruguayas, brasilen~as, chilenas)vecino de Metzer…vivo en el Kibutz Bahan.
    Doy prueba del ejemplo de Metzer…no son los unicos, pero creo que si, han construido una verdadera comunion.
    Asi y todo, no soy tan inocente, de creer que con tanta facilidad, podamos romper an~os de enemistad entre nuestros pueblos.
    Estoy convencido que la mayoria de los israelies, no odiamos a los arabes , a pesar del duro conflicto..
    No estoy tan seguro que asi ocurra en el otro lado de la frontera…por de pronto, no he visto un movimiento pro paz del lado palestino.
    No hay camino a la Paz, la Paz es el camino !
    Debemos superar con muchisima audacia los obstaculos que nos separan…
    Vaya a saber, a lo mejor ,ya entramos en ese camino…

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