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Jul
24
LA OPINION DE MONICA MOORE
publicado en COLUMNISTAS |
La experiencia de emigrar es muy personal, por supuesto, pero hay ciertos cambios en esa identidad (que siempre es fluctuante), que duplican un proceso de auto exilio interior.
Es muy común encontrar emigrantes quienes, al afrontar en un periodo inicial el aislamiento- agravado en muchos casos, consecuencia de no dominar el idioma- y también, una cierta discriminación, sea en la escuela, el trabajo – en más o menos medida- el método de sobrevivencia, en muchos casos, se traduce en un lógico afán de integrarse al total de la sociedad en la cual se encuentran insertos.
Desgraciadamente, ese fenómeno a veces, va acompañado de un cierto desprecio hacia las costumbres, idioma, la gente misma, de su propia extracción.
He visto chicos griegos, criados por sus padres que no hablan una palabra de inglés, negarse a hablar en la lengua que se criaron, hasta tal punto, que para comunicarse con sus propio padres, lo hacen vía otro hermano, al cual le hacen traducir en griego.
Los uruguayos somos, en general, muy predispuestos a adaptarnos pero algunos, nos hemos embarcado en ese doble exilio, y hemos tenido la suerte de que ese viaje interior culmine con un encuentro maduro.
En la etapa inicial siendo uno joven, no es fácil afrentarse a la discriminación, vociferando nuestra nacionalidad a pleno pulmón; son pocos los que no tratan desesperadamente de ajustarse.
Uno tiende a querer pasar desapercibido y luego, a tratar de parecerse al local.
Y así llegamos a la segunda etapa, donde-consciente o inconscientemente- pasamos por una crisis de identidad.
Negamos nuestra herencia tácitamente logrando aparentemente integrarnos plenamente al medio.
Los que tenemos – para mi gusto- suerte, llegamos a una tercera etapa, donde ya la integración es completa, sin embargo, al conocer las dos realidades, hemos cerrado el círculo, aceptando maduramente y con mucho orgullo nuestra herencia y hemos arribado a la conclusión que las comparaciones, por ejemplo, no solo son injustas pero también en la mayoría de los casos irrelevantes- algo así como comparar lechuga con mortadela.
Eso no conlleva que no apreciemos las diferencias positivas o negativas, o, que nunca hagamos comparaciones sino que, conociendo los dos contextos bien, tratamos cuando las hacemos de 1) no ser ofensivos/agresivos a ninguno ó 2) más bien extraer críticas constructivas pertinentes a cada una de esas realidades que a nuestro criterio, puedan ser de utilidad.
Muchas veces esa doble perspectiva de la diáspora uruguaya puede servir para concientizarnos de que, mas allá de localidades, estamos todos insertos en la totalidad del globo.
En muchas ocasiones, quizás, también esa mirada pueda servir positivamente a la defensa de la solidaridad internacional, contra las injusticias, abuso y demás miserias que se ven en el mundo actual.





