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El psicoanalista Manuel Laguarda se presenta como referente de una de las dos “corrientes renovadoras”;; el otro el diputado Roberto Conde reniega de las etiquetas y no acepta el calificativo de ortodoxo con el cual se identifica al sector del senador Reinaldo Gargano.

Ambos ocuparon, en períodos consecutivos (2000-01 Laguarda, y de ahí hasta 2005 Conde), la Secretaría General del Partido Socialista (PS), un proceso de relevos que –como se verá– dejó sus profundas cicatrices.

¿Las piedras de toque de esta entrevista a dos voces?: las razones de la crisis partidaria, la atonía del Frente Amplio y sus complejas derivaciones, los avances y no tanto del gobierno progresista, los “matices” respecto a la política económica y las debilidades del modelo de desarrollo, entre otras.

—Días atrás, y a través de una carta abierta, Laguarda trazó un diagnóstico severísimo de la situación que a su juicio atraviesa el ps. Sostiene, por ejemplo: “Nuestro destino no puede ser sólo instalarnos en la administración del poder”;; que “por eso es fundamental evitar el deterioro del instrumento partidario en nombre del pragmatismo”;; que “debemos evitar el sectarismo, la intolerancia, la pérdida de confianza”;; que episodios del pasado reciente “nos vieron muchas veces enfrentados, con múltiples centros de poder, iniciativas y propósitos”;; que está en riesgo la unidad de acción y la calidad de la convivencia dentro del ps;; que el reconocimiento de las diferentes corrientes internas “es la única forma de transformar un clima interno de sospechas”;; y que “nuestra forma de militar no convoca, muy por el contrario, expulsa a la gente que busca un espacio para hacer sentir su voz”. Con un diagnóstico semejante, cualquiera puede concluir que el ps atraviesa una profunda crisis. ¿O no?

M L —El diagnóstico es crítico, es cierto, pero yo siempre prefiero ubicarme en la postura de enfrentar la realidad críticamente y no en el juego autotolerante, autocompasivo, que niega las dificultades y la realidad.

Efectivamente, planteo algunas situaciones críticas. No dejo de reconocer los avances y los logros.

En este período de tres años y pico de gestión el partido logró posicionarse correctamente como partido de gobierno, como partido del presidente. Eso es muy positivo…

—¿No es precisamente ese alineamiento uno de los factores que han llevado al desdibujamiento partidario que usted describe?

M L —No, no lo creo. Cuando digo que “nuestro destino no puede ser sólo instalarnos en la administración del poder”, hablo de que debemos instalarnos en la administración del poder, porque somos partido de gobierno, pero que debemos ir más allá de eso.

No niego lo bueno de estar instalados en el gobierno, no niego la cultura de gobierno, pero digo que eso no es suficiente, y en tal sentido señalaría, entre otras, dos carencias. En primer lugar, nuestra capacidad de movilizar a nuestra base social y de incidir en la movilización de los movimientos sociales.

Porque un partido de izquierda y transformador, además de apuntar a la lógica ciudadana de instalarse en el gobierno del Estado, tiene que apelar a la lógica de la movilización social.

En segundo lugar, nos hemos quedado cortos en la capacidad de potenciar al ps con un perfil claramente socialista que la ciudadanía identifique como una opción específica dentro del Frente Amplio (fa). Eso nos ha diluido y nos ha quitado perfil y fuerza.

Después digo que existe el riesgo de quedar entrampados en un clima de sospechas, y sobre todo existe el riesgo de una polarización desgarrante en el congreso, un enfrentamiento de corrientes que podría comprometer seriamente la unidad y la convivencia del partido.

Actualmente en el partido existen tres corrientes, hasta donde puedo reconocer. Yo planteo que exista un diálogo entre ellas para garantizar el gobierno del partido, en cierta forma para garantizar que en el próximo Comité Central estén todas representadas.

Porque el sistema electoral que tenemos posibilita que una minoría mayor se quede con todos los cargos, por el sistema de planchas.

Entonces existe el riesgo de un enfrentamiento que podría llevar a una situación lamentable para la unidad del partido. Por eso planteo que existan diálogos y acuerdos en los que se consensúe el futuro gobierno del partido, incluyendo al futuro secretario general.

R C —Yo no voy a seguir la línea de la carta de Manuel, aunque hay algunas preocupaciones que comparto y otras no.

La gran pelea que yo he venido dando en el partido en los últimos cinco años es por esto que llamo la diferenciación estúpida que se pretende instalar dentro del ps por algunos compañeros de dentro, y sobre todo desde fuera, entre ortodoxos y renovadores.

Para mí esto no tiene asidero real, por varias razones. Primero, ¿quién puede ser ortodoxo en un partido que ha venido cumpliendo un proceso permanente de renovación, que sus últimos documentos importantes son de fines del siglo xx, posteriores a la caída del muro y que ha dejado atrás todos los viejos esquemas de los sesenta?

No hay nadie que se mueva con esos esquemas en el partido, por lo menos entre la gente más representativa. Sin embargo, a muchos compañeros se nos acusa de ortodoxos o de sesentistas y el partido guarda silencio y deja que se nos ataque de esa manera, creyendo que eso significa favorecer la renovación.

Pero no favorece ninguna renovación, favorece la desideologización, la destrucción de la identidad, porque hoy nadie en el ps reivindica ni el partido único ni la dictadura del proletariado ni el leninismo como método de lucha.

Eso sí: algunos seguimos llamando al imperialismo, imperialismo y no estamos dispuestos a ignorar la estratificación social como el escenario humano básico donde se desarrolla la lucha política, y no creemos que la sociedad mágicamente pueda transformarse en un mundo de acuerdo porque esa estratificación es conflictiva, hay que saber leerla e incorporar, y en última instancia tenemos un mandato ético y de principios de una opción preferencial por los pobres y por los explotados.

Si se pierde esta huella, que vincula la lucha político-ideológica con el sustrato social, se pierde la huella que nos mantiene con los pies en la tierra. Hay que discutir estas cosas sin etiquetar, sin descalificar.

Hoy mismo nos encontramos frente a un tema clave en esto: ¿cómo gana la izquierda?, ¿gana por el centro tratando de aglutinar a las clases medias?, ¿gana tratando de aglutinar y cohesionar mucho más a los estamentos más pobres? ¿Cómo ha leído la sociedad estos cuatro años de gobierno del fa?

Desde la oposición se intenta desatar la hostilidad de los sectores medios, mientras las organizaciones empresariales declaran permanentemente la hostilidad hacia el fa.

Ahí no hay que cerrar el diálogo, pero hay que leer esa realidad y hay que saber leer la otra realidad, el fuerte impulso redistributivo que nuestro gobierno ha dado a la política, no sólo a la política económica, a la política-política, integrando lo económico, lo social, etcétera.

Hay que saber si eso se ve reflejado en una concientización de las clases más favorecidas o más pobres de la sociedad, o si eso no está generando conciencia social acerca de que para que esos sectores puedan continuar su camino de progreso y de inclusión social necesitan seguir votando a la izquierda. Porque no es nada novedoso decir que la derecha no va a dejar piedra sobre piedra de las reformas que hemos iniciado.

—Sin embargo, hay elementos como para sostener que ese debate no sólo no está laudado dentro del ps sino que ni siquiera se está dando. ¿Qué ocurre, entonces?

R C —El problema es que el ps ha caído en una caricaturización del debate ideológico, y en este sentido coincido con Manuel en que tenemos que trabajar mucho para reinstalar un debate ideológico, social, histórico y político más profundo, y evitar las caricaturizaciones.

—Laguarda aventuró la existencia de por lo menos tres corrientes en el ps…

R C —No tengo esa percepción. Podría llegar a una conclusión de ese tipo después del congreso, ahora creo que tenemos un espacio de dos a tres meses en el que algunas de estas cosas podrían discutirse a fondo, podrían sintetizarse e incluso podría llegar a desmentirse que existan esas corrientes;; o podría confirmarse.

Eso depende de la profundidad que seamos capaces de darle al debate.

M L —Para responder a Roberto me gustaría hacer una breve referencia histórica sobre la renovación del ps. En la época de la dictadura muchos compañeros hicimos una reflexión que arrancaba de varias fuentes.

En primer lugar, una reflexión en torno a la práctica social que se desarrollaba en esos años, en los cuales se descubría a la sociedad civil como concepto teórico y como lugar de práctica social. Se trabajaba en las cooperativas de vivienda, en las ollas populares, en los sindicatos que estaban reapareciendo, en el movimiento estudiantil y se jerarquizaba el valor de la sociedad civil como un espacio que la izquierda pre 73, centrada en la toma del Estado, no tenía en cuenta.

La segunda fuente de esa renovación era una valoración muy fuerte de la democracia, como un fin en sí misma, mientras que en el período pre 73 a veces se la relativizaba.

En tercer lugar, una crítica muy fuerte a la Unión Soviética, al marxismo-leninismo y al sistema de partido único. Y cuarto, una lectura crítica de algunas fuentes del marxismo, como Antonio Gramsci.

Con esas múltiples influencias se forja la renovación en el ps, que va a cobrar fuerza con la presentación del documento “Democracia sobre nuevas bases”, del año 84, en el que proponemos un socialismo democrático y autogestionario y tomamos distancia de los modelos que en ese momento eran hegemónicos en la izquierda.

Quiere decir que la renovación socialista aparece como una renovación fuertemente ideologizada, que toma al marxismo como una fuente de reflexión, que toma el pensamiento de Gramsci y que plantea objetivos anticapitalistas, pero critica fuertemente los paradigmas dominantes de la época, que eran los del Partido Comunista, la Unión Soviética y el marxismo-leninismo.

En ese contexto es que se da entre el 85 y el 90 una lucha ideológica en la que el ps abandona, por ejemplo, las referencias al pensamiento de Lenin y asume un discurso que se identifica claramente con el socialismo democrático y autogestionario.

De modo que la renovación en tal sentido triunfó en esa lucha ideológica que va entre el 85 y el 90. Triunfó con la resistencia de algunos compañeros que afirmaban más los elementos de pertenencia, de identidad y de continuidad.

—A su juicio, entonces, el debate entre renovadores y ortodoxos no es caricaturesco, tiene sustento en la realidad.
M L —No;; para mí persiste hoy la dicotomía renovador y no renovador –yo no hablo de ortodoxo– como un eje que pasa en torno de actitudes de mayor apertura o de mayor desconfianza ante lo nuevo.
—Supongo que cuando habla de la corriente “no renovadora” está aludiendo a la encabezada por el senador Reinaldo Gargano .
M L —Claro. Esa es la corriente que gobernó al partido durante los últimos 25 años, con la excepción del intervalo durante el cual yo fui secretario general y de este en que Lalo (Férnandez) es secretario general. Esa corriente ha tenido enormes méritos, pero yo la hago responsable de que el partido no despegó, no se potenció como fuerza política, como debería haberlo hecho con todo su bagaje y toda su historia. Y también la hago responsable de que cuando la renovación asume la Secretaría General a través de mi mandato, y el partido logra en ese año y medio una expresión política mucho más clara y perfilada, muchos compañeros de esa corriente operaron con una lógica menor y provocaron que se terminase el período en que yo fui secretario general. Señalo que existe una corriente difusa, con fronteras porosas, como también lo son las otras dos, que se vinculan con los que gobernaron al partido en todo ese período. La renovación hoy aparece a través de dos corrientes: una que se expresa en el actual gobierno del partido, sobre todo en torno a la figura de Lalo, y otra que reivindica el período en que yo fui secretario general.
—El corte suyo parece mucho más tajante que el de Conde…
M L —Digo que las fronteras son porosas.
—Más que porosas, a juzgar por las distancias que plantea, las fronteras parecen de hormigón…
M L —En todo caso, con la corriente no renovadora tenemos la coincidencia de que reivindicamos el debate ideológico, el debate de ideas y queremos afirmar claramente el horizonte socialista y poscapitalista.
R C —Lo bueno de este contrapunto es que nos permite ir precisando dónde hay diferencias y dónde no. Manuel dijo una cosa interesante que quiero subrayar. Él situó este debate por la renovación del partido entre el 85 y el 90;; cuando yo digo que la versión actual de ortodoxos y renovadores es caricaturesca, me refiero a la versión actual. No niego este debate.
M L —Señalo las actitudes ahí.
R C —Pero no tiene la distinción que se pretende instalar hoy entre renovadores y ortodoxos, no tiene para nada los contenidos importantísimos que tuvo el debate del 85-90. Ese debate ha sido asimilado por el 99 por ciento del partido: “Democracia sobre nuevas bases” es patrimonio de todo el partido, como también la incorporación de la hegemonía gramsciana;; ahora, la crítica a la Unión Soviética ya era patrimonio del partido en la década del 50. La crítica de (Vivian) Trías en los cincuenta fue demoledora, no la descubrimos nosotros ahora.
—Pero Laguarda subraya el tema de las actitudes de política.
R C —Por ahí quizás hay algo en lo que comenzamos a coincidir con Manuel, hay una cuestión de contenidos y una cuestión de actitudes. Yo quiero explicitar, escarbar en materia de contenidos dónde está o se dice que está la diferencia actual entre ortodoxos y renovadores.
—Las formas también hacen al contenido…
R C —Hay otro problema: cuando no discutís sobre contenido y te conformás con las formas, las cosas se estereotipan, como nos está pasando. Yo reivindico un debate de contenidos, sin negar que puede haber formas, actitudes, énfasis, matices. Aquí también ha habido una cuestión de coyuntura. Manuel tiene la apreciación del momento en que se interrumpe el proceso de renovación que él había iniciado en su secretaría, que trajo como consecuencia mi elección en la secretaría, sin que yo tuviera la más mínima idea hasta una semana antes;; fue producto de algo que el partido encontró allí. Quizás lo interesante es que discutamos por qué esa renovación que Manuel impulsó, que tiene contenidos muy claros, el partido no la acompañó. ¿Porque había un pensamiento ortodoxo, denso, que se oponía?, ¿porque faltó perspicacia?, ¿porque había desconfianza, no se sabía bien adónde se iba? Puede haber mucha cosa. Lo cierto es que a partir de ese momento nos quedamos con una renovación frustrada en la dirección que quería Manuel, un sello de ortodoxia que cayó sobre mucha gente sin contenido y nos llevó a esta situación que yo califico como caricaturesca.
M L —Quiero que quede claro que cuando me refiero a que el proceso de renovación que yo representaba se interrumpe en el congreso a partir del cual Roberto asume la Secretaría General, mi señalamiento no significa de ninguna manera un cuestionamiento a Roberto, a quien me une una relación de afecto y de respeto mutuo. Mi crítica se refiere a la corriente, que en aquel congreso optó por interrumpir ese proceso de renovación y por lo tanto que yo no continuara en la Secretaría General. Entiendo que en esa corriente operó la desconfianza.
R C —Coincido.
—¿En qué se fundamentó esa desconfianza? En todo caso, ¿algunos factores de aquella desconfianza siguen operando como causantes de esta división?
R C —Supongo que falta de confianza en que el partido no se desviara de algunos centros, de algunos ejes. No de los viejos ejes de los sesenta, que ya estaban superados, pero allí aparecieron algunos temas, producto de la coyuntura o de la época , que impactaron en la vida del partido y que el partido no discutió bien. Por ejemplo, hasta ahora no hemos logrado llevar a cabo un debate que zanje una conceptualización común de lo que llamamos socialismo democrático. Muchos compañeros, cuando comenzaron a escuchar esta expresión, dijeron “socialdemocracia”;; inmediatamente viene el reflejo. Quizás algo de eso quiere decir Manuel cuando dice “las actitudes”. Luego aparece otra expresión bien interesante, “acuerdo social”, que tampoco hemos terminado de zanjar;; también ahí viene el reflejo: conciliación de clase. Después aparece muy fuertemente instalada en la izquierda una cierta idea de unidad nacional, que impulsó mucho Danilo (Astori), y que dio lugar a un mensaje confuso en medio del gobierno de Jorge Batlle. Allí sí nos dividimos fuertemente, porque la línea de opinión que yo lideraba marcó una estrategia nítida de polarización.
Yo sostuve, desde que llegué a la Secretaría General, no por razones ideológicas, sino por razones de análisis estratégico, que en el marco de la Constitución del 96 la única carta que le quedaba al Frente para llegar al gobierno era polarizar, había que aislar a la derecha en un momento en que entraba en retroceso, y que no íbamos a ganar a los sectores medios si no imponíamos una fuerte confrontación que no les dejara espacio para oscilar. Y creo que la vida nos dio la razón. El último gran round de esta pelea fue la privatización de ancap, mal disfrazada de asociación;; allí otra vez la izquierda se dividió y nosotros decíamos: “hay que polarizar a fondo”;; finalmente fue un triunfo aplastante a finales de 2003 que prefiguró el escenario de 2004.
Yo sé que durante un tiempo se reforzó la imagen de la corriente más ortodoxa …
—En la jerga se le dice “el garganismo”.
R C —Yo he dicho que no, respeto mucho a Gargano, pero he dicho que él no es autor de un cuerpo de doctrina que justifique el término. Se reforzaron las cosas, veníamos de un debate ideológico en el que teníamos matices, como el que acabo de describir. Se confundió ideología y estrategia y se reforzó la imagen de los supuestamente no renovadores.
—Bien, pero las diferencias de las que ambos hablan remiten al período anterior al triunfo del fa. La caracterización respecto a la actuación del gobierno de Tabaré Vázquez, ¿ forma parte también de estas divergencias?
R C —Yo he marcado algunos matices en la dirección del partido, tratando de buscar una discusión a partir de mayo de 2007, cuando Brecha me hizo un reportaje en el que comencé a plantear la necesidad de la profundización. Creo que no tenemos discrepancias de fondo en la caracterización del gobierno, ni en los contenidos ni en los gigantescos avances que este gobierno ha significado. Pero desde hace un año tenemos algunos matices al definir lo que entendemos por profundización, y sobre todo un matiz de coyuntura bien importante: si la profundización en algunas medidas debía darse en 2008 y 2009, o si era un tema a plantear en el programa para el próximo gobierno. Nosotros hemos sostenido que este gobierno tenía y tiene todavía posibilidades de profundizar algunas medidas antes de que termine su período, y que la profundización no debe ser algo planteado programáticamente para un hipotético segundo gobierno. Entonces, más que diferencias en la valoración del gobierno, son diferencias en la valoración de las posibilidades. Yo he planteado ejemplos muy concretos que ni siquiera se han discutido en este año, y sigo reivindicando que es necesario discutirlos, porque la potencialidad de los próximos cinco años sigue dependiendo de lo que seamos capaces de mostrar ahora.
M L —Creo que en el partido todos hacemos un balance altamente positivo de todo lo realizado. Y planteamos para el próximo período la necesidad de profundizar las políticas de redistribución del ingreso y de avanzar hacia políticas más igualitarias.
—¿Por qué no en este período, como reclama Conde?
M L —De pronto en 2007 era posible hacerlo. Pero a un año de las elecciones, los tiempos políticos nos dejan otro escenario.
—¿La política económica del gobierno no opera como otro de los parteaguas? Porque a menudo uno ha escuchado de parte de la corriente “garganista” cuestionamientos de fondo al equipo económico.
M L —Yo hago una valoración positiva de la política llevada hasta el presente, pues era necesaria una política de superación de la crisis, de estabilización de la economía.
R C —Ahí tenemos un matiz sobre la coyuntura, yo creo que todavía hay espacio para insistir por lo menos en tres áreas de trabajo importantes: la vivienda, la promoción del trabajo cooperativo y de la economía social, y el empleo juvenil;; no podemos resignarnos a terminar nuestro gobierno con 23 o 24 por ciento de desempleo juvenil.
Yo tengo para la política económica el mismo enfoque que tengo hacia la política general: se podría ir más allá. En todo caso, mi crítica no es al modelo sino una crítica de grado. Porque el modelo logró los objetivos que tenía planteados para los primeros tres años: Plan de Emergencia, equilibrio, estabilidad, seguridad jurídica… Pero si tú observas, no hubo un planteamiento claro para los dos últimos años. Incluso corremos el riesgo de que la agenda política del año 2009 se debilite.
—Podría concluirse, en resumen, que el problema no es el rumbo sino la velocidad de los cambios.
R C —La profundidad, más que la velocidad. Siguiendo la línea que planteaba Manuel, profundidad en el sentido de fortalecer la presencia estratégica del Estado con una cierta capacidad de planificación y orientación, y además fortalecer la propiedad social, la economía social y la propiedad pública como complementos indispensables que hagan posible que la producción y la redistribución del valor obedezcan –no totalmente, porque el mercado asigna, pero en parte– a un propósito político. Sin esos factores, volvemos a la teoría del derrame: la redistribución existirá si el capital la derrama y si no, no existirá. Esta es la diferencia sustancial.
—¿Qué se entiende por “profundidad”? Porque está muy en boga la referencia a la “profundización de los cambios”…
R C —Eso es lo que va pautando la identidad del fa. Para mí la profundidad se mide por la capacidad de planeamiento e impulso estratégico de la reconstrucción de la inclusión social, de la redistribución de la riqueza, de la reeducación en valores, del desarrollo de la economía social, de la presencia de una potente propiedad pública que exija al capital privado un determinado ritmo, un determinado compromiso. Y no me refiero a retrasar sino a impulsar, tenemos múltiples ejemplos de que la propiedad pública exige desarrollo de competitividad y dinamismo al capital privado;; es un mito, una mentira, que el capital privado sea siempre más competitivo, más dinámico y más creador que la propiedad pública, hay que terminar con esos mitos. Veremos cómo el fa se plantea esta recomposición. Todavía estamos mostrando la hilacha en algunos campos en los que el ovillo ya tendría que haber producido más tejido.
M L —Es un tema apasionante, una estrategia de esta naturaleza ha de combinar varios aspectos. Por un lado, la profundización de la democracia, una democracia representativa y participativa, que logre incluir y movilizar a los sectores sumergidos, que son la mayoría de la población. En segundo lugar, la hegemonía en el plano de las ideas;; gestar en la sociedad un nuevo consenso en torno a valores, en torno a una cultura diferente de la que representa el neoliberalismo competitivo. Y en tercer lugar, el desarrollo de la producción, el país productivo con justicia social, combinando formas capitalistas y formas no capitalistas, con una fuerte presencia del Estado orientador. De ese trípode surge este modelo.
—Pero la responsabilidad de discutir y orientar el tipo de planteamiento que ustedes hacen no parece recaer en el gobierno, sino más bien en los partidos. Hoy, sin embargo, ni el fa ni tampoco el ps están cumpliendo ese rol.
R C —Sí, efectivamente es así.
—¿Por qué? ¿Hay un problema de conducción?, ¿el gobierno fagocitó al partido?, ¿el fa ha hecho “seguidismo” en exceso cuando debió ir adelante del gobierno?
R C —La mejor forma de apoyar un gobierno es impulsarlo, no simplemente respaldarlo. Al fa le ha faltado iniciativa para abrirle más camino a su gobierno, desafiarlo sanamente, plantearle nuevas coyunturas, nuevas posibilidades, nuevas medidas. Le ha faltado, coincido con Manuel, profundidad ideológica en el debate y capacidad de planteo estratégico. Se ha tenido temor de encarar una discusión tan amplia, temor en generar la falsa imagen de que la fuerza política no respalda al gobierno.
—No pocos dirigentes frenteamplistas han señalado que desde el Poder Ejecutivo se ha querido disciplinar al fa, en el entendido de que un partido desafiante puede ser un elemento desestabilizador de la gobernabilidad.
M L —Son muchos factores, no creo que exista una actitud de freno del gobierno a la fuerza política. Es la suma de muchos factores complejos, de los cuales yo señalo la desideologización como uno que ha hecho daño a la izquierda. Y hay que tener en cuenta también la coincidencia de nuestro triunfo político con un momento en el cual los paradigmas de izquierda en el mundo experimentan cierto retroceso.

Nelson Cesin
Fuente:Brecha


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