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Comparto todo lo escrito por Juan Martín Posadas el domingo, bajo el título “Memoria del Obelisco”.

Como el episodio tuvo, sin duda, notable significación, en aras de la verdad histórica reiteraré ciertas puntualizaciones sobre los hechos que precedieron a aquella formidable concentración cívica.

El acto se realizó a iniciativa de Jorge Batlle, en reunión de la que participé, junto al Prof. Pivel Devoto, Carlos Julio Pereyra y los Dres. Sanguinetti, Tarigo y Oliú.

Fueron los partidos políticos, pues, quienes organizaron dicho acto y convocaron al pueblo. Blancos y colorados invitamos a los cívicos y luego, con ellos, a la dirigencia frenteamplista, a la que así desproscribimos, de hecho.

Y Alberto Candeau no redactó la proclama, aunque sí la leyó magistralmente, a propuesta de Don Juan Pivel Devoto. Que nadie dude de que todo ello fue así.

Y paso a otro asunto. Me ha sorprendido -y no gratamente- enterarme de que la tercera parte de los legisladores, sin distinción de partidos, andan armados o, por lo menos, poseen armas. Quizás, en esta materia, yo sea un ingenuo, entre otras razones porque jamás usé un arma. Ni sabría usarla.

Si pensamos que hay un 15%, aproximadamente, de damas legisladoras, el porcentaje de diputados y senadores que portan armas es aún mayor.

No todos, por cierto, entrarán con ellas a los hemiciclos de ambas Cámaras. Pero el hecho no deja de ser preocupante y peligroso.

Ya hubo insultos soeces y golpes de puño, entre senadores y entre diputados, en esta legislatura. Si algunos de ellos están “calzados”, el día menos pensado puede haber una tragedia.

Ambos cuerpos legislativos, por elemental prudencia, debieran prohibir que sus integrantes ingresen a sala con armas. Y hacer cumplir la prohibición.

Y paso a otro aspecto del asunto, de singular importancia. Ciento catorce legisladores fueron entrevistados por cronistas de El País. Y fue del relevamiento de sus respuestas que surgió la, para mí, sorprendente noticia.

Cuya explicación, según lo contestado por la mayoría de los interrogados, es la de que tienen armas para su seguridad personal. Y que alguno las usó para repeler un robo.

Un diputado del MPP, con toda franqueza, le mandó este mensaje a la señora Tourné: “Le digo a la ministra: cuando yo conozca un delincuente que se desarme, yo devuelvo lo mío”. ¿Qué les parece?

Tan grande es la inseguridad que azota a nuestra sociedad, que a este extremo hemos llegado. No se trata de comerciantes que, hartos de que los asalten, se arman y repelen a balazo limpio a los ladrones.

Lo que viene ocurriendo con frecuencia y con saldo de heridos y hasta de algún muerto. Se trata de señores legisladores, de políticos electos por la ciudadanía para la honrosísima función de legislar y controlar políticamente al Poder Ejecutivo.

Es, este hecho, la prueba del nueve del auge de la delincuencia y del fracaso total del Ministerio del Interior en su función básica: la de combatir el delito y brindar seguridad a la población. No se trata de una “sensación térmica” sino de una realidad innegable.

Armarse los ciudadanos, como lo ha propuesto el senador Fernández Huidobro, es arriesgarnos a la generalización de la violencia y a colocarnos a un paso de la anarquía. Nuestro Uruguay no puede parecerse al Far West.

La solución tiene que darla el Estado, con su instituto policial. Si, para ello, hay que invertir, gastar en tecnificar al mismo y pagarle mucho más a sus funcionarios, habrá que hacerlo. Es de locos proponer que cada uruguayo emule a Elliot Ness.

Fuente:El Pais


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