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El compañero Valenti, en una carta a los precandidatos Astori y Mujica que se ha hecho pública en estos días, sostiene que el Frente Amplio “tiene clavada las agujas en el 42%”, y atribuye como causa principal de este hecho a que no se ha ofrecido “una propuesta electoral creíble”.

Sin dejar de reconocer los méritos y conocimientos que el compañero Esteban Valenti ha adquirido en las distintas campañas electorales de las que ha participado, plantear que la baja de la popularidad se deba a no tener una fórmula constituida y a que hay “demasiada confusión”, es como suponer que el común de los uruguayos nos han estado juzgando durante todo este tiempo por lo que un hipotético futuro nuevo gobierno del Frente Amplio podría hacer, y no por lo que ya hemos hecho en estos casi cuatro años.

Mal que nos pese, la baja en la popularidad del Frente Amplio (que no es un fenómeno nuevo, ya que venía quedando plasmado en cada nueva encuesta desde hace mucho tiempo), responde al marcado desencanto que han generado algunas de las principales líneas de acción de nuestro Gobierno en muchos uruguayos.

Es así de sencillo. No hay que buscarle la quinta pata al gato.

Es una realidad que duele y que quema los ojos pero que muchos compañeros que están en los círculos de poder o muy vinculados a ellos, se niegan sistemáticamente a reconocer.

Compañeros que siguen obnubilados por las cifras del crecimiento económico, o por los millones con que nos “bendice” la inversión extranjera, pero que se olvidan que a la militancia le importa mucho más que eso, cuánto se ha avanzado de acuerdo a nuestra tradición e identidad, y que al común de la gente, cuánto este Gobierno les ha mejorado sus condiciones de vida.

Y en ambas cosas, modestamente, creo que hemos andado muy mal.

Por algo a once meses de la próxima elección nos encontramos con el desolador panorama que anuncia cada nueva encuesta, no importa cual, pero siempre marcando la misma tendencia descendiente en cada una de ellas.

Quizás que haya llegado el momento de la seria autocrítica, sobre todo de nuestros más destacados compañeros, los que tienen más ascendiente y prédica, y asumir que si esto es así, resulta por lo hecho o por lo que no se hizo, mucho más que por lo que se hará. Eso nos ayudaría a situar las cosas en sus justos términos.

Por favor, no nos hagamos más trampas al solitario: de ningún modo se pierde casi la quinta parte del electorado que nos apoyó en el 2004 por no tener todavía constituida la “fórmula mágica” para el 2009.

Reaccionemos de una vez. No seamos obtusos y nos encerremos en la maraña de las cifras del auto bombo que nos dicen una y otra vez que estamos en el mejor de los mundos. Mejor, de una vez por todas agudicemos los oídos y empecemos a escuchar a los militantes, a los frenteamplistas de a pie, a la gente común y sintonicemos con ellos lo que debemos hacer. Es la única forma que nos queda por revertir esta situación.

¿No estaremos aún a tiempo de atender alguno de los más sentidos reclamos de la propia militancia que sin duda son el motor de la campaña electoral y que sin ellos el triunfo está cada vez más lejano?

¿No habrá llegado la hora de darle un parate los proyectos de inversión extranjera a los que le aseguramos 20 0 30 años de explotación de nuestras riquezas prácticamente sin nada a cambio, gracias a los tratados de inversión o a los TLC.?

¿No estaremos en el momento justo para dar las señales de que hay alternativas dentro del modelo económico dominante que hemos sabido respetar a rajatabla durante estos casi cuatro años de Gestión, que pueden promover el trabajo digno y la justicia social (cooperativas de producción, proyectos de autogestión obrera, fomento y protección de la pequeña empresa y la empresa familiar, etc.)?

¿No estaremos “peligrosamente cerca de un barranco”, no sólo por las encuestas, sino también por el rumbo que nuestro Gobierno le ha dado a nuestro país que ha moldeado y profundizando para el Uruguay un destino que lo encasilla a limitarse a ser un país agro exportador de productos básicos, a aceptar sumisamente nuestro rol de eficientes productores de materias primas y nada más, en definitiva, a convertirnos en una republiqueta sojera y eucaliptera?

Pero peor aún. Nuestro Gobierno se ha cruzado de brazos y a “dejado hacer” a la inversión extranjera “salvadora” al punto que prácticamente todos nuestros principales rubros exportables y las cadenas agroindustriales que se le vinculan han adquirido un grado de dependencia sin parangón con las tansnacionales, (sobre todo en su etapa preliminar y en su fase final) que a esta altura, ya se han vuelto temerarias para nuestros intereses y para nuestro futuro.

¿Somos conscientes de cuantos miles y miles de hectáreas de nuestros suelos están siendo cultivadas con semilla transgénicas que pertenecen a una sola multinacional del Primer Mundo?

¿Somos conscientes de cuantos cientos de miles de litros de herbicida de esa misma compañía debemos verter para que esos cultivos transgénicos germinen, aunque sequemos todo lo demás y envenenemos nuestra tierra y nuestros ríos y enfermemos a nuestra gente?

¿Somos conscientes de que en un proceso que lleva muchos años, pero que se viene acelerando enormemente en estos últimos tiempos, muchas transnacionales están adquiriendo en forma creciente empresas nacionales que se dedicaban al procesamiento industrial en la cadenas agroalimentarias: los frigoríficos, las arroceras, la celulosa, los lácteos, la cerveza, las galletitas, los panificados, y podríamos seguir con prácticamente todos los rubros?

¿Somos conscientes de cuanto se ha extranjerizado la tierra en nuestro país asociada a todos estos fenómenos, durante la Administración Progresista?

Desgraciadamente, todo indica que no lo fuéramos, que no nos diéramos cuenta que de este modo estamos arraigando sólidamente el sistema que siempre combatimos, que por esta vía estamos eternizando la dependencia que cada vez nos aleja más de nuestra segunda independencia. Es penoso que sea nuestro Gobierno de Izquierda quien permita esto.

Quizás las encuestas estén reflejando algo de todo esto, más que la no aceptación de la fórmula oficialista que nos impondría al compañero Astori como candidato para seguir por este trillo.

Ahora, a pesar de todo lo dicho, en algo coincidimos plenamente con el compañero Valenti: estamos totalmente de acuerdo con él acerca de que nuestras agujas se han quedado clavadas.

Es indudablemente cierto.

El Frente Amplio estuvo 33 años sincronizando su andar con el del pueblo uruguayo. Revolcón tras revolcón, aprendió a conjugar sus mismos tiempos. Finalmente, aunque haya demorado tanto, conquistó la hora de ser Gobierno.

Muchos creímos que a partir de allí, luego de haber pagado tantos duros precios, no desperdiciaríamos ni un segundo y avanzaríamos minuto a minuto, al mismo paso que lo haría la mayoría de nuestro pueblo.

Lamentablemente, nos equivocamos.

Algunas de las acciones de la Administración frentista, como las que anteriormente citamos, no sólo fueron a contratiempo del mejor futuro de los uruguayos, sino que peor aún, nos hicieron perder los tiempos de la esperanza. Y cuando esto ocurre, cuando la esperanza se nos escapa como agua entre los dedos, muy pocas cosas son posibles.

Ese es el error más grave que hemos cometido y por el que ya estamos comenzando a pagar.

Las encuestas no hacen más que reflejar la porfiada realidad de que cada vez estamos más lejos de un segundo mandato.

Y que sea así será toda culpa nuestra.

No hay más tiempo y debemos reaccionar. No serán las mágicas fórmulas oficialistas las que podrán revertir esto: si no recreamos la mística frenteamplista que vuelva a mancomunar a la militancia y a su dirigencia tras un sueño, no será posible el triunfo.

Y eso sólo lo puede lograr el compañero Mujica.


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