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Le hubiera gustado escribir un libro de 700 páginas como los de Lincoln Maiztegui Casas, pero antes de empezar se puso como meta no superar las 400, que tuviera capítulos cortos, ágiles de leer, pensando en que las nuevas generaciones cada vez leen menos.

“Deberían dejar los mensajes de texto y el facebook”, dijo mirando a su hijo y su nieto, presentes en el Salón de Fiestas del Palacio Legislativo. Lo flanqueaban sus amigos ex presidentes Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle.

Básicamente esos dos familiares y algunos de sus colaboradores y personas presentes en el acto de lanzamiento de La agonía de una democracia, proceso de la caída de las instituciones en el Uruguay (1963-1973) forman parte del público objetivo al que Julio María Sanguinetti aspira a llegar para evitar la instalación de una historia escrita por tupamaros, que “no ha tenido historia, sino sólo memoria”.

El resto podría decirse que superaba ampliamente la franja etaria en la que pensó al escribir.

Ex ministros, actuales legisladores blancos y colorados, el almirante retirado Juan Zorrilla (aquel que cerró la Ciudad Vieja con tanques para resistir el golpe) y muchos seguidores que orillan o superan las cinco décadas abarrotaron la sala y aplaudieron ante cada “verdad histórica” proclamada por los oradores, por ejemplo Abel Duarte y Luis López, el ex director técnico de Rampla.

“La memoria es solamente una parte de la historia”, insistió el ex presidente y senador del Partido Colorado, al momento de explicar que si bien no es un trabajo objetivo, destacó que está basado en hechos constatables, como documentos, declaraciones, recortes de prensa, testimonios.

“El golpe de Estado no fue un relámpago que cayó del cielo”, ilustró Sanguinetti en un momento de su intervención, frase que le sirvió para referirse a lo que señaló como el comienzo de los hechos que derivaron en la dictadura cívico militar, aunque no la calificó de ese modo en ningún momento.

El asalto al Club de Tiro Suizo en julio de 1963 por parte del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros es el hito elegido por el autor para comenzar a rebatir algo que dijo preocuparle.

“Cuando a las nuevas generaciones se les pregunta contra quién luchaban los tupamaros, surge la respuesta: ‘contra la dictadura’. Pero los tupamaros no tiraron un tiro ni una bomba contra la dictadura”, indicó.

En este sentido, reseñó que al surgir el movimiento guerrillero lo hizo a partir de una lógica revolucionaria inspirada en el triunfo de Fidel Castro en Cuba.

Pero esa intención no es reconocida por sus integrantes, critica el ex presidente, sino que alegan que la agrupación liderada por Raúl Sendic se creó para contrarrestar un golpe de Estado que se gestaba, “cuando en realidad lo que querían era tomar el poder a través de una revolución”.

Tanto Sanguinetti como Lacalle y Batlle defendieron las medidas prontas de seguridad implantadas en los años previos al golpe, al decir que eran mecanismos constitucionales adoptados por el gobierno ante el crecimiento “de la intolerancia” de algunos militares, de los sindicatos y de los tupamaros, estos últimos sin tener en cuenta lo que el propio Ernesto Che Guevara sugirió en aquel histórico discurso en el Paraninfo de la Universidad (agosto de 1961):

“La posibilidad de avanzar por los cauces democráticos [...] sin derramar sangre, sin que se produzca nada de lo que se produjo en Cuba, que es que cuando se empieza el primer disparo, nunca se sabe cuando será el último”, según se cita en la página 25 del libro.

El senador forista remarcó que durante esa década había un clima de violencia que iba in crescendo y que en la elaboración del libro tuvo una sola frustración: no poder encontrar el titular de un diario que resumía esa situación.

Decía: “Ayer no hubo ningún asalto”. Lacalle también se refirió a esos años como tiempos en los que “la violencia se había convertido en parte del paisaje”, y recordó haber sido víctima de las dos violencias a las que refiere el autor de La agonía…

“Perdonamos pero no olvidamos”, expresó Lacalle al terminar su discurso, mientras cerraba el libro que, momentos antes del inicio del acto político-literario, el escriba le había dedicado entre sonrisas y abrazos.

El precandidato a lograr lo que Sanguinetti ostenta (repetir el mandato) acusó a los tupamaros de contribuir a generar un “sentimiento antinacional” que movilizó también “a otra minoría soberbia”, en alusión a los militares y civiles golpistas.

Lacalle destacó que “en 1962 había partidos del tipo que se quisiera y un sistema de gobierno falto de poder, todo lo contrario a lo que podía suponerse como un gobierno opresor”.

“Acá no había paisanos explotados, ni minorías indígenas perseguidas, ni motivos de índole económico. Cuba estaba en el centrismo de todos los episodios.

Va a ser esa revolución cubana la que envía un mensaje equivocado para quienes no recibían lo que el modelo les daba. Es impactante que haya gente que comprase ese modelo”, criticó Lacalle.

Batlle llegó más de 10 minutos tarde y fue el primero en hablar.

En la sala algunos bromeaban que era típico de él, por aquello de todo el tiempo que necesitó para llegar a la Presidencia tras varios intentos frustrados.

Pero fue el último presidente colorado el que más aplausos cosechó y más risas arrancó a una platea dispuesta a celebrar todo ataque hacia los tupas, así como cada reafirmación de lo liberales y demócratas que son los tres ex presidentes que allí estaban sentados, como también sus partidos.

Y en sintonía con lo que diría Lacalle después, Batlle sostuvo que la democracia fue construida gracias al espíritu de la nacionalidad de blancos y colorados -“qué hubiera sido del país si en 1950 hubiéramos seguido buscando quién había degollado a unos y otros”-, para acto seguido sentenciar que “todos los que estamos acá y la inmensa mayoría de los uruguayos no están preocupados por el pasado”, lo cual sonó contradictorio con el propósito del libro que estaba presentando.

También destacó que “en este libro hay cosas que muchos no quieren recordar” -como el coqueteo y el vínculo de parte de la izquierda con los militares golpistas- y que hay algo que tiene que quedar claro, que la democracia sin la política no es posible y viceversa.

“Y la prueba del nueve de que la democracia sin la política no existe es el señor José Mujica, que ha llegado por la política a donde un día creyó que podía llegar por las armas”. Fue lo más aplaudido de la noche.

FG
Fuente:La Diaria


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