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El presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás, ha concluido su mandato sin convocar nuevas elecciones para cubrir el vacío legal que el fin de ese plazo constitucional crea en el movimiento nacional palestino.

La situación no impide que Abás siga en el cargo al menos hasta la celebración de los comicios pero refleja una crisis institucional que ha permanecido largamente en estado de larva y se ha visto agravada por la atroz ofensiva militar de Israel en Gaza.

Abás fue elegido en las presidenciales del 9 de enero de 2005 para un periodo de cuatro años y, según la constitución palestina, en caso de que finalizara su mandato sin que convocara a las urnas debía pasar su responsabilidad al presidente del parlamento.

Desde la aplastante victoria por mayoría absoluta de Hamás -y el descalabro del movimiento nacionalista Al Fatah de Abás-, en las legislativas de 2006, un veterano dirigente del movimiento islamista, Abdel Aziz Dweik, es el presidente de la Cámara.

Pero Dweik permanece encarcelado por el Estado judío, y hacia meses que en el entorno de Abás se argumentaba que en esas condiciones era imposible el traspaso de poder entre ambos.

Tampoco las cruentos combates registrados en 2007 en la franja -cuando las milicias islamistas expulsaron a las nacionalistas- han ayudado a desbrozar el camino para la cita electoral pendiente.

Desde hace más de año y medio, Hamás gobierna en Gaza y Abás en Cisjordania sin que hayan fructificado los esfuerzos para unificar los dos territorios bajo una sola y misma administración.

El cisma es el resultado de un sistema constitucional más presidencialista que parlamentario, y de las estrategias opuestas por las que optan los dos movimientos mayoritarios palestinos.

Después de liderar durante varias décadas la lucha armada, Al Fatah inició la búsqueda de un entendimiento político con Israel; primero por medio de Yaser Arafat y, tras la muerte en 2004 del histórico dirigente, a través de su sucesor, Mahmud Abás.

El giro permitió el regreso del exilio de la plana mayor de Al Fatah, y la creación de la ANP como embrión de un estado.

Pero el proyecto se truncó por la intransigencia israelí y la incapacidad de la dirección para controlar al sector extremista del movimiento nacionalista, sobre el caía una cascada de acusaciones de corrupción que le llevaba, entretanto, a sus horas más bajas.

Hamás ocupa la otra cara de la moneda.

Fundado en 1987 -un año antes de que Arafat reconociera en 1988 el derecho a existir de Israel y diera vida a la negociación-, el movimiento islamista no renuncia a la lucha armada.

Y favorecido por los vientos de integrismo religioso que soplan en el mundo musulmán, ha cimentado su amplio apoyo popular en una extensa red de asistencia social a los más necesitados.

Hamás rechaza de manera tajante la negociación que Abas emprendió hace un año con Israel para la firma de un acuerdo de paz.

Y que en la mejor de las circunstancias conducirá a establecer un un estado en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este; el veintidós por ciento del antiguo protectorado británico de Palestina.

La ofensiva de Israel ha abierto un paréntesis en ese proceso y su objetivo no confeso es restaurar la autoridad política de Abás en la franja tras desactivar militarmente a Hamás: Solo en ese caso el Estado judío se plantearía levantar el bloqueo a Gaza.

Pero ese escenario no resuelve la disputa por la legitimidad en el seno del movimiento nacional palestino entre los partidarios del compromiso y los contrarios a una solución territorial que no consideran justa y -lo que es peor para los árabes- tampoco honrosa.

Fuente:Itongadol


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