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LA OPINION DEL SENADOR ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO: LA LEY DE DEFENSA
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No ha tenido mucha “prensa” pero el año 2009 tendrá entre sus principales leyes aprobadas la de Defensa (que ya lo fue en el Senado el lunes 29 de diciembre de 2008).
Uruguay nunca, jamás, la tuvo (desde hace tiempo la tienen casi todos los países).
Se trata de una Ley “marco” que fija grandes rumbos, incluso organizativos. Por ello requiere, como casi ninguna otra, revisiones y ajustes periódicos.
Ello se debe a que la defensa depende de avances tecnológicos y también de avatares históricos muy cambiantes.
Esta norma figura como asunto principal (en ese “rubro”) en el Programa del Frente Amplio y por eso, asumido el gobierno (2005), se iniciaron los trabajos para promover un gran Debate Nacional que durante todo el 2006 y parte del 2007 la discutió.
Participaron todas las organizaciones estatales y civiles, políticas y sociales, académicas y especializadas (o no) que así lo quisieron. También las militares. Tampoco antes, jamás, se hizo algo así en Uruguay. Hubo seminarios nacionales e internacionales y mesas de trabajo sistemático que fueron acopiando ideas y propuestas, reuniendo consensos y ubicando los capítulos de mayor complejidad o preocupación. Se trataba de un cambio radical.
Con ese “producto”, el Ministerio de Defensa formuló un “borrador” que luego de transformado en Proyecto de Ley fue presentado al Parlamento, donde nuevamente se realizaron debates, cambios y agregados.
Por fin fue aprobado por unanimidad en el Senado hace pocos días.
El Partido Nacional marcó “salvedades” que consistieron (en su mayoría) en cuestiones que no fueron agregadas. Por su parte el Frente Amplio aclaró que no las incorporaba porque entiende que deben ser objeto de leyes específicas y separadas. Por ejemplo todo lo referente a los Servicios de Inteligencia.
Porque una Ley “marco” obliga a elaborar otras leyes que emergen de lo por ella establecido. Esa es una de sus virtudes.
Son destacables ciertos aspectos que muy resumidamente señalaremos.
En primer lugar la Ley indica claramente una formidable “novedad”: que la defensa nacional es una tarea predominantemente civil. No sólo militar. Que lo militar es una parte de ella. Tamaña decisión, ahora también legal, obliga a grandes cambios que como ya dijimos pueden necesitar varias leyes.
Fija nítidamente las respectivas jurisdicciones de la Justicia Militar y de la Civil.
Crea el Estado Mayor de la Defensa, que centralizará las actividades operativas de las tres Fuerzas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea) creando las condiciones de interoperatividad conjunta o combinada.
Su jefe será un oficial de la misma jerarquía que los comandantes en jefe. Se trata de un cambio radical que por su envergadura deberá implementarse gradualmente.
Habrá un “antes” y un “después”. Afectará formas de organización, estructuras, comunicaciones, logística, sistemas de armas, formación, entrenamiento, organismos de mando y control, por citar algunos casos sin agotar la lista.
Serán necesarias las leyes que cambien las actuales orgánicas del Ministerio de Defensa y de cada una de las tres fuerzas.
Ese Estado Mayor de la Defensa expresa no sólo un gran cambio sino también una ineludible (y demorada) actualización.
Los avances tecnológicos de los últimos tiempos, de muy conocido impacto en todos los órdenes, han producido, como no podía ser menos, enormes cambios militares.
A su vez, la investigación, el desarrollo y la innovación en la industria bélica colosalmente subsidiada han sido (desgraciadamente y como siempre) uno de los más poderosos motores de la llamada “revolución tecnológica” y también como es sabido, muchos “inventos” al principio específicamente militares (y hasta secretos por un tiempo) pasaron a tener cuantiosas aplicaciones civiles.
Los citados subsidios (y hasta las guerras más o menos inventadas y promovidas) solapan un subsidio a la industria lisa y llana. Pero también a las universidades y otros grandes centros de investigación… La ciencia y la cultura son para nada inocuos y vienen jinetes como el que más en los potros desbocados del Apocalipsis.
Baste con pensar los efectos que sobre el “arte militar”, o mejor sobre su creciente letalidad, han tenido la informática, la telemática, los “revolucionarios” sistemas de comunicaciones, el desarrollo de las mil y una maravillas del control remoto, los satélites, los rayos láser, las nuevas aleaciones y metalurgia y un larguísimo etcétera que abarca todos los “rubros” de la ciencia y la cultura sin olvidar la medicina, la psicología individual y social, la sociología, la propaganda y demás parafernalia para el lavado, manipulación, curación o destrucción, según convenga, de físicos y cerebros.
Viejos cuadros pintan a Artigas sentado en una cabeza de vaca dictando a sus secretarios con chasques de a caballo prestos en la puerta; o a Napoleón sentado en un tambor calculando profunda y largamente qué hacer en medio de una batalla.
Hoy ellas son generalmente dirigidas desde muy lejos por personas suspensas de pantallas que van brindando en tiempo real y vertiginoso datos emanados de infinidad de sensores terrestres, marítimos, aéreos y espaciales o producidos por lejanos puestos de observación, mando y control táctico (con otras pantallas y todas en red) de modo que si no disponen del software que los ayude a tomar decisiones tan vertiginosas como los datos, filtrándolos e interpretándolos, sus tropas y artefactos quedarán sin mando al garete.
Por otra parte y por lo ya dicho, es absolutamente imposible que el Ejército (prácticamente en su totalidad motorizado, acorazado y aerotransportado, opere a sus anchas en soledad cuando desde lejanas plataformas marítimas, aéreas y estratosféricas, no sólo le vienen datos del campo de batalla sino misiles y bombas teledirigidos (incluso aviones sin tripulantes) que no sólo hablan en inglés sino que ven de noche y hasta detrás de las paredes porque “olfatean” calores, doblan en las esquinas, se meten por las ventanas y por los respiraderos de profundos refugios y así sucesivamente, superando la más delirante película de guerra.
También le resulta imposible a la Fuerza Aérea, a la Armada, a los batallones psicológicos, a las infanterías de marina, o a los cuerpos de tropas especiales, mandarse como antaño su guerra por separado y cuenta propia.
Esa tan sofisticada Orquesta de la Muerte, cuando le ordenan tocar a degüello, sólo puede ser conducida desde un centro único y por ello, un oficial general (por ejemplo de la Armada) hoy manda blindados terrestres, aviones, helicópteros, lejanos buques, y hasta pedestres y espesas unidades de infantería.
Que nadie vaya a pensar que pequeñas fuerzas armadas, incluso las más chiquitas del mundo (y hasta ligerísimas formaciones guerrilleras), se articulan y dirigen hoy de algún otro modo.
Las organizaciones en red, o las matriciales, fueron “inventadas” (gracias a la tecnología disponible) mucho antes que por las grandes empresas, por los cuarteles.
Esto forma parte esencial de la reforma del Estado. No deja de sorprender (y da para pensar un poco) que por unanimidad y consenso nacional, político y social, la vanguardia de tamaño cambio histórico sea hoy por hoy el Ministerio de Defensa (y sus Fuerzas Armadas).
Fuente:La República













