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RAUL RICARDO ALFONSIN: MURIO UN HOMBRE HONESTO Y DEMOCRATA
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Raúl Ricardo Alfonsín (n. Chascomús, 12 de marzo de 1927 – f. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 31 de marzo de 2009) fue un abogado, político y activista de los derechos humanos argentino. Fue diputado nacional, senador y Presidente Constitucional desde 1983 hasta 1989.
Su cuerpo, con las huellas de décadas de trajín político, no soportó más la carga de un cáncer de pulmón que se había agravado en las últimas horas con una neumonía. Raúl Alfonsín, el hombre que encabezó el retorno del país a la democracia, tras la última dictadura, murió esta noche a los 82 años.
El ex mandatario expiró a las 20.30 y la confirmación oficial llegó pocos minutos después de las 21. El médico Alberto Sadler fue quien dio la noticia y algunos detalles.
“Lamentablemente a las 20.30 el doctor Raúl Alfonsín ha fallecido tranquilo en su domicilio, acompañado por sus familiares, con mucha paz. Estaba dormido, con deterioro sensorio y respirando muy tranquilamente. En este momento sólo puede decirse que ocurrió en un marco de mucha tranquilidad y acompañado por su familia, como él siempre quiso que ocurriera”, fue el breve comunicado de Sadler ante los periodistas.
El perfil de estadista respetado aún por sus opositores de Alfonsín fue puesto a prueba en estas últimas horas con un desfile de figuras políticas por el departamento de la avenida Santa Fe en el que pasó el último tramo de su enfermedad. También con los llamados de la presidenta Cristina Fernández desde Qatar.
El gobierno anunció que ya está firmado un decreto que marca tres días de duelo por la muerte del referente de la UCR.
Con Cristina Fernández en Londres, fue el vicepresidente Julio Cobos quien formalizó la medida, que regirá hasta el jueves e incluye la decisión de que todos los establecimientos públicos tengan sus banderas a media asta.
Alfonsín padecía un cáncer de pulmón con metástasis ósea. Su cuadro se complicó el domingo, a raíz de una “neumonía broncoaspirativa”, que obligó a que un equipo médico siguiera de cerca su salud.
Si bien el líder radical ya había sobrellevado varias complicaciones similares, esta vez el cuerpo le dijo basta. Su última aparición en público fue a comienzos de octubre del año pasado, durante el homenaje que se le realizó en la Casa Rosada a 25 años de su asunción como presidente.
En esa ocasión y rodeado de radicales, peronistas y socialistas, dejó algunas frases que sonaron a mandamientos de su forma de ver y ejercer la política.
“No es posible concebir el debilitamiento de los partidos políticos”, afirmó. Y también señaló que “se impone fortalecer el estado de la ley y del derecho”.
Una máxima de esa ceremonia puede servir como resumen en boca propia: “Toda mi actividad política buscó fortalecer la autonomía de las instituciones democráticas y el gobierno de la ley”.
Desde el momento en que se agravó su enfermedad, periodistas, simpatizantes y curiosos se agolparon frente a la puerta de ingreso del departamento de la avenida Santa Fe, a la espera de novedades. No por inevitable, el final generó menos tristeza.
Cuando se conoció la noticia, a las puertas del edificio se escucharon, después de un “Alfonsín, Alfonsín”, las estrofas del Himno. Todo un símbolo.
La periodista de Clarín María Seoane recuerda al ex mandatario. Cómo lo conoció y el vínculo especial que construyó con él. También, las decepciones.
“Lo conocí una tarde de marzo de 1984 en su despacho de la Casa Rosada. Yo buscaba trabajo como periodista porque había llegado apenas unos meses antes del exilio, como mi amigo y colega Edgardo Silberkasten, con quien esa tarde tomábamos un café. El me dijo que tenía que ver al Presidente. Le rogué entonces que me llevara colada”.
“Me muero por conocer a ese hombre”, le dije. Edgardo comprendió mi entusiasmo. El, como yo, veíamos en Raúl Alfonsín al padre de una democracia aún turbulenta pero de ventanas abiertas a la libertad.
Fue así como entré por primera vez en mi vida a la Casa de Gobierno. Cuando llegué a la antesala del despacho presidencial la emoción me silenció. Alfonsín avanzó como quien iba a recibir a viejos amigos- su calidez me seduciría desde entonces y siempre-, saludó a Silberkasten con un abrazo.
Yo extendí la mano pero él no la apretó: la besó. Casi no hablé en esa cita que fue breve pero tan intensa como para comprender que había vuelto a mi patria en momentos en que se ensanchaba la justicia.
Pasaron algunos años antes de que lo volviera a ver atribulado en la semana santa de 1987, cerca del balcón de la Casa Rosada minutos antes de que pronunciara la famosa frase “La casa está en orden. Felices Pascuas”.
Lloré y me sentí defraudada. Como me sentiría defraudada con las leyes del perdón posteriores. Pero por alguna razón no me pude enojar con ese gallego seductor y cascarrabias como quien no se puede enojar nunca con un padre.
Ya en el llano, lo vi muchas veces en la década menemista. Algunas como periodista, en reportajes que concedía a los medios en los que yo trabajaba. Pero también, en una intimidad amistosa y no poco conspirativa en los prolegómenos de la formación de la Alianza, compartiendo una buena mesa con amigos, buen vino Rutini que solía traer porque era el único que le gustaba tomar y una apasionada defensa de la libertad y la democracia a la que jugaba sus fichas como el apostador más estratégico que tuvo, sin duda en esos años, la Argentina.
La última vez que lo ví fue en uno de mis cumpleaños, en una noche de verano tórrida, con 30 grados a medianoche, y él sentado, charlando y esperando que llegara la hora de que yo soplara las velas. Hacia las dos de la mañana, cantó con todos el feliz cumpleaños. Después, cuando se disipó la nube de besos y abrazos que me dieron, el se acercó, me abrazó y me miró a los ojos mientras, otra vez, como la primera vez, me besaba la mano.
Ningún político es dueño de su propio destino. Tampoco los adversarios se pueden apropiar del destino ajeno y moldear a su antojo la imagen final de aquellos a quienes han combatido.
En julio, se cumplirán veinte años desde que el doctor Raúl Alfonsín entregó al doctor Carlos Menem la presidencia de la Nación. Lo hizo con cinco meses de anticipación al vencimiento del mandato que había recibido en las elecciones de octubre de 1983.
Dejó con apuro la Casa Rosada, destruido por la inflación. En ese momento nadie pudo imaginar el desconsuelo colectivo que suscitaría su muerte, dos décadas más tarde.
¿A qué se debe el misterio de ese sentimiento? ¿En qué se funda la aflicción que nos ha abrumado a tantos, desde que conocimos, hace alrededor de un año, la gravedad de la enfermedad que lo aquejaba, y que hoy se multiplica en la emoción de millones de argentinos?
Pasemos por alto lo más obvio, el resorte que moviliza conciencias en una u otra dirección por vía comparativa. Alfonsín ha muerto en un país con mayor pobreza, más inseguridad y corrupción y menos cohesión interna y respeto del mundo que el que le tocó administrar.
Los errores de gobierno de Alfonsín han sido suficientemente señalados como para volver a insistir sobre ellos en la hora del duelo. Si se los tiene presente en conjunto debe ser para encontrar la explicación de este fenómeno ciudadano que ha cubierto de inmediato al país con un inmenso manto de tristeza.
¿Por qué ese fenómeno, que desde ya nos permite decir que Alfonsín seguramente será el presidente mejor recordado del primer cuarto siglo de la restauración democrática?
No sé si debe a que ha sido el mejor político de ese ciclo, pero sí el mejor hombre. Fue el más cálido y romántico, sin duda. Y habiendo sido el más valeroso, como que arriesgó de modo abierto opiniones aun a riesgo de la vida y en circunstancias de manifiesta soledad, fue severo y, al mismo tiempo, magnánimo con el enemigo cuando este cayó en la derrota que inexorablemente llega.
No diré que Alfonsín fue el último señor de la política argentina, pero sí el primero que siempre estuvo abierto a los afectos que engrandecen la vida y cerrado para las hostilidades subalternas; nunca abierto para la descortesía, el rencor sombrío o la humillación que destrata al oponente y se exacerba con el caído.
Sí, hoy la Argentina está triste y tiene motivos para estarlo. Ese halo de inspiración profunda que genera las grandes emociones ciudadanas ha captado que, al morir Alfonsín, ha desaparecido un político decente, en el sentido más amplio de la palabra.
Decente, porque las pasiones cívicas que lo animaron desde la más temprana juventud estuvieron disociadas de la idea de la política como atajo para el lucro material. Decente, porque se atuvo en todo instante a las propias convicciones, aun cuando esto significara navegar por mucho tiempo contra corrientes de la moda intelectual o los fetichismos sucesivos de las mayorías.
Ha muerto Raúl Alfonsín. Ha muerto un hombre cabal.

























