Jul
10
Los travestis han dejado de cimbrear sus grotescas caderas por el bulevar Morazán de Tegucigalpa. Las noches de la capital hondureña nunca fueron glamorosas. Pero ahora es mucho peor.
En los 11 días que ya dura el toque de queda impuesto por el gobierno de facto de Roberto Micheletti Tegucigalpa se ha transformado en una ciudad fantasmal, habitada tan sólo por algunos mendigos y tomada por retenes policiales y militares que apresan a todo aquel que no tiene una buena excusa para andar fuera de casa entre las diez de la noche y las cinco de la mañana.
Como a Elías Israel Jiménez, un hombre maduro de barba descuidada que se lamenta desde la pequeña ventana de un calabozo de la delegación policial del barrio del Manchén: “Yo iba caminando para agarrar el bus, pero se me echó la hora encima y me detuvo la patrulla. No he hecho nada malo, lo juro”.
Al lado de él hay una decena de detenidos en un cuartucho inmundo de unos diez metros cuadrados, iluminado tan sólo por el tenue reflejo de la bombilla de un patio donde hay una pila con agua y una letrina.
“Estamos acá sin haber cometido ningún delito”, grita una voz desde la penumbra. Y una cabeza se asoma a la ventana para hacer otro reclamo: “Oiga, ¿usted me podría regalar un cigarrillo?”.
A los calabozos de esta delegación llegan unos 30 o 40 detenidos por noche por violar el toque de queda decretado por el gobierno de facto que el pasado 28 de junio derrocó al presidente Manuel Zelaya.
En diez días, más de 700 personas fueron detenidas sólo en Tegucigalpa, según fuentes policiales.
En el estado de sitio encubierto decretado por Micheletti están quebrantados no sólo la libertad de circulación y de asociación, sino también el derecho de hábeas corpus, entre otras garantías individuales. El crimen, obviamente, ha bajado a la mitad.
El subinspector Javier Rivera López se muestra encantado con la estadística: “Eso es lo positivo del toque de queda: han bajado mucho la conflictividad y la prostitución [?] La mayoría de los que ingresan acá lo hacen por vagancia, ebriedad, escándalo público, pero si no han hecho nada, quedan libres sin cargos a las cinco de la mañana, cuando termina el toque de queda”.
La delegación policial guarda la austeridad propia de uno de los países más pobres de América latina. Una austeridad muy disciplinada.
El oficial Junior Torres tiene cara de niño y un CTAR-21 entre las manos, el sofisticado rifle de asalto israelí utilizado por los cuerpos policiales de medio mundo. Junior acaricia el arma como si fuera su bien más preciado.
“Sí, claro que lo he usado, es parte de mi trabajo”, comenta al periodista del diario argentino La Nacióin.
Y luego se encarama a la parte trasera de la camioneta policial y da unos golpes en el portón: “¡Nos vamos!”. El vehículo arranca a toda velocidad en un recorrido frenético por las calles desiertas.
La patrulla va en busca de más infractores del toque de queda o delincuentes comunes, pero pasada la medianoche ya son pocos los que se aventuran a salir a la calle.
El monopolio de la delincuencia en el país lo ostentan las maras, esas pandillas callejeras formadas en los focos de la emigración marginal centroamericana en Usa, con franquicias abiertas en Guatemala, El Salvador y Honduras.
“Ricardo Maduro [el presidente que precedió a Zelaya en el poder] acabó con ellos, ahora están los de las barras de fútbol, son peligrosos pero no matan tanto como los «mareros»”, cuenta Junior.
“Mire -dice Junior, intentando guardar el equilibrio en la pick-up descubierta-, aquí iban a venir Hugo Chávez y Daniel Ortega a gobernar con Mel y eso habría sido lo peor para nosotros. Todo tiene su límite.”
En una oscura calle del centro de la ciudad, por fin se alcanza a ver vida humana. Hay un par de vagabundos medio desbaratados en la vereda, y a mitad de la calle, un local con luz.
“No, no estamos abiertos, por el toque de queda.” Jairo, un joven sin camisa, habla desde el otro lado de una malla metálica. “Nosotros vendemos comida típica, pero ahora ya no nos alcanza para vivir por el problema éste”, comenta, y luego reclama: “A ver si vuelve ya Mel”.
Fuente;La Nación













