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ZUMARAN: EN EL 80′ HUBO QUE CONVENCER A LACALLE PARA QUE NO VOTARA EL PROYECTO CONSTITUCIONAL DE LOS MILITARES
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Alberto Saenz de Zumarán y Ortiz de Taranco es abogado y granjero, adquirió notoriedad durante la dictadura como figura referencial de Wilson Ferreira Aldunate. Fue el candidato presidencial de Por la Patria en las elecciones de 1984 y tuvo una destacada actuación en la salida de la dictadura.
Luego, en razón de su consecuencia con los ideales wilsonistas, fue quedando relegado en la estructura partidaria.
¿Cambiar de partido?
“Si el Frente tuviera un gran programa, tal vez lo pensaría”.
De acuerdo con Mujica. Tener ancianos presos “es una cosa absurda”.
Con el propósito de recabar su opinión sobre la situación actual, así como de rescatar recuerdos de su trayectoria, conversamos con él en su confortable apartamento de Pocitos.
En esta charla expuso, con franqueza, sus opiniones y puntos de vista sobre su querido Partido Nacional y sobre la realidad de hoy, con esa cordialidad que todos le conocemos.
-¿Cómo empezó su militancia política?
-Toda mi vida en el Partido. En la elección del 58 yo estaba en un grupo herrerista (Herrera-Heber) donde participaban el Toba Gutiérrez, Diego Terra, Fernando Oliú, Pivel Devoto, José Claudio Williman, que fue profesor mío en el Vázquez Acevedo (IAVA), gran profesor de Historia. En el 71 impulsamos la candidatura de Wilson.
-¿No estaba también Methol Ferré en ese grupo?
-No, creo que Methol en el 71 apoyaba al Frente Amplio. Después sí, nos encontrábamos en los grupos de la Iglesia, con Williman, Oliú y con Methol; eran los tiempos de Partelli…
Como le decía, en el 71 adherimos a la candidatura de Wilson, de origen blanco independiente.
Wilson era ministro, había presentado su proyecto de reforma de las estructuras agropecuarias, y ya veíamos su enorme capacidad y su carisma.
Nosotros trabajamos mucho para que se llegara a una fórmula con Wilson y Mario Heber como manera de unir las dos grandes tendencias del Partido, el Herrerismo y los Blancos Independientes.
Esa idea no prosperó, en parte por la oposición de Titito (Luis Alberto Heber, hermano de Mario), que se había puesto muy duro.
Wilson había aceptado la propuesta y el Toba insistió mucho en esa fórmula pero al final no caminó y se llegó, entonces, a la fórmula con Carlos Julio. Nosotros la aceptamos y nos quedamos en Por la Patria; yo lo acompañé al Toba en su candidatura a diputado, en Tacuarembó.
Yo no era candidato a nada, pero Wilson me pidió que elaborara una propuesta concreta para la granja para incorporar a “Nuestro Compromiso con Usted”; yo entonces ya era granjero (y sigo siéndolo en Melilla) y escribí un par de páginas sobre el tema que hubo que imprimir de apuro, sin que Wilson tuviera tiempo de leer la propuesta.
“Mandalo imprimir, nomás, me dijo Wilson, que yo sé lo que pensás y estoy de acuerdo”… (Se ríe). Esa fue mi participación en la campaña.
Después vinieron los años horribles de la dictadura. Yo iba muy seguido a Buenos Aires a reunirme con Wilson, con el Toba y con Zelmar.
Me acuerdo del optimismo del Toba, que siempre decía; “Mirá, mañana llegamos y ya se cae la dictadura”.
No me animaba a decirle que no, porque me daba cuenta de que ese optimismo era lo que lo mantenía; Wilson era mucho más ubicado.
-En esa época, ¿no se sospechaba ya que el Toba y Zelmar podrían ser víctimas del Plan Cóndor?
-No. El Toba se había vinculado al peronismo; incluso creo que Wilson una vez se enojó con el Toba, cariñosamente por supuesto, porque el Toba participaba en reuniones con los peronistas.
-Pero, ¿y aquellas notas que Blanco mandó al gobierno argentino?
-Cuando el Toba y Zelmar fueron detenidos y Wilson se salvó en el anca de un piojo, el propio Wilson fue a ver a Alfonsín.
Alfonsín se fue a hablar directamente con el ministro del Interior para saber qué pasaba. Después, Alfonsín refirió su encuentro con el ministro y contó que ante su protesta, el ministro abrió un cajón y le mostró una nota en la que el gobierno uruguayo pedía la detención de los dos legisladores. A raíz de eso, Wilson le manda esa carta terrible a Videla en la que también acusa a Blanco.
-El Partido Nacional tiene una imagen, desde el fondo de la historia, de partido católico y conservador. ¿Está de acuerdo?
-Bueno, eso lo dicen los batllistas y alguna gente de la izquierda. (Nos reímos). Somos nacionalistas. Es cierto que hay un predominio de blancos católicos, pero conservadores, no.
-Claro, en el siglo XX, antes del golpe de Terra que Herrera acompañó aparece Lorenzo Carnelli con su legislación social; está Quijano, con su Agrupación Demócrata Social. Es decir que surgen movimientos opuestos al Herrerismo, más vinculado a posturas conservadoras.
-Lo de Terra fue un error de Herrera. Pero no olvidemos la lucha de Herrera contra las bases americanas. Es el gesto más tercermundista y más nacionalista que hubo en aquella época y que fue malinterpretado por la izquierda; recuerdo las manifestaciones que gritaban “Herrera fascista, Herrera a la cárcel”.
El solo, contra la izquierda y contra la derecha, se opuso a las bases norteamericanas. Para nosotros, era un motivo de orgullo que el Partido Nacional se hubiera opuesto a las bases militares.
Tampoco hay que olvidar que unos años antes, cuando la gesta de Sandino, Herrera lo apoyaba mientras el Partido Comunista lo acusaba de aventurero.
Nosotros, en la Juventud Herrerista, nos habíamos comido lo de Terra, algo de lo que se nos acusaba permanentemente (a Herrera lo llamaban “soldado tranquilo de la dictadura”), pero era Herrera el único que defendía la soberanía del país y la famosa Tercera Posición.
-Y después de Herrera, directamente Wilson.
-Sí. Wilson lo atacó a Herrera, pero después, Oliú y Pivel, sobre todo Pivel, hicieron una docencia brutal.
Pivel intelectualmente ha sido olvidado, pero Pivel le enseñó a Wilson un sentido de nacionalismo popular y de avance que hizo que Wilson, en su ministerio y en la campaña del 71, presentara la única propuesta de cambiar estructuralmente el país.
-Volviendo a la época actual, ¿no le parece que el Partido Nacional está desprovisto de ideas wilsonistas?
-Yo creo que todo ese ideario está en la masa blanca, pero hay una realidad: como sucesor de Wilson, yo voté mal en el 89 y en el 94 ni me presenté porque no tenía votos ni para ser edil (risas).
Yo creo que Wilson tuvo un impulso de renovar al Partido en sus posturas económicas y sociales, rodeado de un grupo de gente muy destacada: Laffite, Bucheli, Horacio Terra.
Bucheli explicaba muy bien las cosas y fue fundamental en ese intento de renovación. Muerto Wilson, todo eso quedó un poco en el camino; fíjese que toda esa gente, que vive todavía y sigue acompañando, fue quedando en un segundo plano. Y lo que quedó de todo aquello fue la idea del Wilson generoso con el país, con Sanguinetti…
-A propósito de la gobernabilidad, usted votó la Ley de Caducidad en el Senado. ¿No cree que es una ley inconstitucional?
-Aquello fue muy duro pero sí, yo voté la ley. En cuanto a la constitucionalidad de la ley, le digo que nosotros no la votamos por razones de constitucionalidad, sino porque había que encontrar una salida política.
Después, la Suprema Corte de Justicia se pronunció contra la inconstitucionalidad, pero no fue una decisión unánime, fue de tres contra dos, lo que revela que había dudas al respecto.
Son medidas especiales, como la liberación de todos los presos. No se puede juzgar si son constitucionales o no.
En marzo del 85 nosotros pretendíamos una amnistía general e irrestricta, pero Sanguinetti no estaba de acuerdo y llegamos a la solución de excluir los delitos de sangre; teníamos que tener en cuenta al Partido Colorado, por lo menos en aquella época, porque ahora tal vez ni siquiera lo escucharíamos. (Se ríe).
-¿No piensa votar por la nulidad de la impunidad?
-La anulación no está prevista en nuestro sistema jurídico y menos con efecto retroactivo. Las leyes no se anulan, se derogan y lo que pasó, pasó.
Fíjese que si anulamos todo, también hay que dejar sueltos a estos que están presos… Me da la impresión de que todo esto se ha hecho como una consigna del momento sin tener en cuenta las consecuencias; todo esto tiene más bien un carácter simbólico, pero siempre va a haber efectos jurídicos y abogados que van a hacer cuestión interponiendo recursos.
Por otra parte, los acusados de terrorismo ya están muertos o son ancianos de 80 o 90 años… ¿Vamos a tener unos cuantos viejos presos?
-¿Quiere decir que está de acuerdo con Mujica, que dijo que no quiere viejos presos?
-Claro. Es una cosa absurda. Es un error, se tendría que haber encontrado otra solución. Creo que el gobierno ha aplicado bien la Ley de Caducidad; las figuras más notorias están procesadas, incluso Bordaberry y Blanco.
Tengo mis dudas en cuanto al delito que les tipificaron, porque las muertes de opositores eran decisiones que tomaba la cúpula del Ejército, pero no tengo dudas en cuanto a su responsabilidad; concretamente en el caso del secuestro de Elena Quinteros, Blanco está directamente comprometido.
-Volviendo al ideario de Wilson, ¿considera que el programa del 71 es un programa progresista?
-Sí, claro que sí. Era el programa más completo, porque el Frente en el 71 tenía medidas pero no un programa. La CIDE le dio una base técnica muy sólida al programa de Wilson.
De ahí surgió el conjunto de leyes, que Wilson presentó siendo ministro, de reforma de las estructuras agropecuarias.
Eso está hecho de puño y letra de Wilson Ferreira y es excelente.
-Pero esa reforma no contó con el apoyo del Partido Nacional.
-Es cierto. Entonces, lo que queda es la imagen del Wilson generoso, el que luchó en todos los ámbitos contra la dictadura; todos los blancos le reconocen esa lucha, y yo también.
Pero él presentó toda una propuesta económica y social para el país con un aporte técnico formidable de la CIDE.
En la CIDE estaba Iglesias, también estaba Astori y otros de muy buena actuación. Se hizo un trabajo excepcional que el Partido parece haber olvidado; yo le hablo de esto a los blancos y qué sé yo, se aburren.
-Entonces, ¿qué es ser blanco?
-Es una divisa, ¿no? Es un homenaje a todas aquellas figuras heroicas del Partido y entre ellas, Wilson, que tiene un carácter heroico brutal.
Y murió un poco como santo de la lucha contra la dictadura; lo metieron preso, porque la dictadura arreglaba con cualquiera menos con Wilson en las elecciones del 84.
Y me tocó a mí ser candidato con una serie de impedimentos: no podía salir del país; se hicieron reuniones en Brasil a las que habían sido invitados Sanguinetti, Crottogini (Seregni había sido liberado pero seguía proscrito) y yo, pero a mí no me dejaron ir: “No, éste no”, dijeron los milicos. (Se ríe).
Me acuerdo de que Pivel estaba furioso, duro como un fierro; claro, él tenía un hijo preso y sufría en carne propia la brutalidad del régimen.
Recuerdo que una vez vino a una de las reuniones que celebrábamos los blancos después de haber ido a la visita en el penal de Libertad; entonces, se saca los zapatos y nos muestra la plantilla donde había escrito “milicos hijos de puta”, porque antes de la visita prácticamente lo hacían desnudar… (Risas).
-¿Usted está de acuerdo en que en el Pacto del Club Naval se acordó tácitamente la impunidad?
-Sí. No hubo un pacto explícito, pero lo primero era que nadie hablara. Quizás el que más pudo hablar así, mano a mano con Medina, fue Sanguinetti.
Después de todo eso, yo con Seregni tuve una buena relación; era un hombre encantador, lo visité muchas veces en su casa. Yo tengo la idea de que eso también se habló, porque había militares frentistas que tenían vínculos y Seregni no iba a tomar una decisión de esas si no supiera.
Entonces, los militares buscaron desesperadamente a Wilson porque entendían que Seregni los había traicionado. La Ley de Caducidad la hicieron los blancos, pero el Frente tenía proyectos de amnistía.
Yo fui a varias reuniones en nombre de Wilson, para discutir el problema y allí pregunté qué opinaba Seregni y se me respondió que Seregni no iba a hacer una guerra contra la Caducidad; era el precio que había que pagar.
Me parece que el Frente tiene una tradición sindical que lo lleva a negociar: “Pedimos cuarenta de aumento, nos ofrecen veinte, empezamos a negociar y arreglamos por treinta”.
Me parece que eso es lo que pasó con el Pacto del Club Naval. El blanco, por su historia, no es así…tal vez Herrera, cuando apoyó a Terra, pero es el único.
La tradición del Partido Nacional es de intransigencia; si está en juego una cuestión de principios, hay que seguir hasta el final.
Como dijo Quijano desde México, si no se hubiera negociado en el Club Naval, la dictadura habría durado un poco más pero no había condiciones para que fuera eterna.
EL RECUERDO DE SENDIC
¿Llegó a hablar con Sendic?
Sendic fue a mi casa, a poco de haber sido liberado. Yo era senador y tenía un proyecto de ley de azúcar para el norte, y con el azúcar hacer otras cosas…
Es un poco lo que se hizo ahora con ALUR.
Sí. Bueno, yo tenía ese proyecto de ley, y Sendic vino a mi casa con otros; en el Senado no podía recibirlo, hubiera sido un escándalo (risas).
Y ahí nos quedamos hablando dos o tres horas; en una primera hora hablamos del azúcar y con ese entusiasmo que tenía, proponía hacer de todo con el azúcar. Y yo le decía “pero usted quiere hacer hasta carne con el azúcar” (risas).
Claro, él se había pasado la vida pensando en el norte, había pasado doce años preso, torturado de esa manera. Después hablamos de política.
Lacalle y el plebiscito del 80
En el 71 persistían dos corrientes dentro del Partido Nacional.
Sí, la otra era la de Aguerrondo… impresentable; habrá sido un pobre viejo, pero era un desastre.
Y Etchegoyen, que en vida de Herrera fue un hombre de buenas actuaciones, después, de viejo, terminó como consejero de Estado: un horror.
Pero no fueron los únicos. Está también Alberto Gallinal.
Otro horrible, horrible; increíble lo de Gallinal.
He oído decir que en el plebiscito del 80 Lacalle estaba a favor del sí.
Bueno, al principio Lacalle pensaba que había que votar a favor de la reforma constitucional. Pero ahí Pivel lo agarró y le dio y le dio línea hasta que lo convenció de votar por el no.
Otro que lo ayudó mucho fue Silveira Zabala, representante herrerista en el Triunvirato después de la muerte de Mario Heber, que desde el comienzo se había pronunciado por el no.
-Recuerdo que usted fue de los principales opositores a la Ley de Empresas Públicas bajo el gobierno de Lacalle. Por esa época, también hubo conversaciones para la creación del Polo Progresista en las que usted participó.
-Yo estaba en contra de lo que hacía el Partido en esa materia, pero nunca insinué ni directa ni indirectamente abandonar al Partido. Peleaba la cosa dentro del Partido y si perdía, me quedaba en mi casa. Distinta fue la decisión de Rodolfo Nin Novoa, que entonces era intendente de Cerro Largo. Pero yo, irme al Frente, no.
-¿Pesaron más los afectos y lo emotivo?
-Sí, pero también las ideas, no crea. Naturalmente que la emotividad es enorme, y los blancos somos un partido emotivo. Pero no podemos ser sólo emotivos, tenemos presente lo que fue Wilson, lo que fue Saravia, la presidencia de Berro… Impresionante.
Y curiosamente no hablamos mucho de Oribe; lo tenemos escondido. Yo tengo las dos cosas, por eso soy fanático del Partido Nacional. Me olvidaba de Leandro Gómez, una figura imponente, un héroe prototípico… Fue el primero que reivindicó a Artigas.
En realidad, son tres cosas que me atan al Partido Nacional: lo emotivo, lo intelectual y mi relación con Wilson.
-Usted sufrió persecución durante la dictadura.
-Sí estuve preso más de un mes. Estuve preso con Rubén Martínez Huelmo también, por una nota en “La Democracia”, de la que era director. Y las clausuras de “La Democracia”…allá marchaba a la Jefatura y después, al Ejército. De modo que no voy a cambiar de partido porque sí.
-Bueno, pero también puede haber razones.
-Si el Frente tuviera un gran programa, tal vez lo pensaría. Pero en fin, ya tengo 68 años, estoy un poco viejo.
MUJICA: UNA CANDIDATURA POSITIVA
-¿Qué opina de Mujica?
El es quintero como yo pero es un quintero más de segunda. El se dedica a las flores, y las flores no son una producción importante… (risas).
Hablando en serio, me parece bien, para la tradición del país, que aquello tan terrible que fue la guerrilla se haya finalmente integrado a la lucha política respetando las formas democráticas.
En el Frente había mucha oposición al ingreso de los tupamaros.
Me parece que el hecho de que Mujica sea ahora un candidato político tan importante está bien.
El único que se mantiene en la línea dura es Zabalza, creo; ese es de origen blanco, igual que Mujica.
O sea que la candidatura de Mujica me parece muy positiva, pero no me gusta la campaña que está haciendo; se adapta a todo lo que sea, es impresionante.
En fin, el tránsito de jefe guerrillero a dirigente político me parece un elemento que al país le sirve muchísimo y le va a servir en el futuro.
Fuente:La República

























