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Cuando hace mucho calor el cuerpo encuentra mecanismos para disiparlo. Uno es la sudoración, que al evaporarse genera la disminución de la temperatura corporal.

La circulación del aire y el viento, a su vez, aceleran la pérdida de calor por convección, que es la remoción de la capa de aire caliente que se genera sobre la piel.

Pero cuando la temperatura es muy alta, la sudoración es la única forma efectiva para regular la temperatura corporal.

Y como debe evaporarse para enfriar el cuerpo, esta función se ve dificultada cuando la humedad ambiente es elevada, lo que se observa por la persistencia del sudor en la piel.

Por eso, para que estos mecanismos de regulación de la temperatura corporal funcionen bien, el cuerpo debe estar bien hidratado, ya que esto facilita la sudoración y las personas deben permanecer en lugares frescos y ventilados lo que posibilita la pérdida de calor por radiación y convección.

“El golpe de calor es la repentina imposibilidad del cuerpo para regular su propia temperatura ante una exposición prolongada al calor y la humedad.

Esto se produce como consecuencia de la deshidratación por sudoración excesiva y posterior agotamiento de la capacidad de sudar, lo que desencadena un ascenso de la temperatura corporal”, explica el pediatra Mario Elmo, de la Sociedad Argentina de Pediatría.

A diferencia de la fiebre, este estado de deshidratación es muy perjudicial y no puede autorregularse ni controlarse mediante medicación antitérmica.

Síntomas en los bebés. Los síntomas que anteceden al golpe de calor, conocidos con el nombre de “agotamiento por calor”, comienzan con la sudoración excesiva.

En los bebés hay mucha sudoración en el cuello, el pecho, las axilas, los pliegues del codo y la zona del pañal, lo cual genera irritación en esas zonas; piel pálida y fresca; sensación de calor sofocante; sed intensa y sequedad en la boca, calambres musculares; agotamiento, cansancio o debilidad; dolores de estómago, inapetencia, náuseas o vómitos; dolores de cabeza; irritabilidad, llanto inconsolable; mareos o desmayo.

“Cuando el agotamiento por calor se agrava, la temperatura del cuerpo asciende a 39° o más –es importante que se mida en la axila–, la piel se pone roja, caliente y seca, porque se agota la sudoración”, indica el pediatra.

También surge agitación, dolor palpitante de cabeza, vértigo y desorientación, delirios, confusión, pérdida de conocimiento y por último convulsiones

Los chicos más vulnerables son los menores de 5 años y más aun si tienen menos de 12 meses.

También hay mayor riesgo para quienes sufren enfermedades crónicas, cardíacas, renales; mentales o neurológicas; los niños con fiebre por otra causa, o con diarrea; obesos y desnutridos; los que tienen la piel quemada por el sol; y los jóvenes que toman demasiado alcohol.

Pero el golpe de calor afecta a todos: “En las personas mayores, las altas temperaturas producen una baja en la presión arterial, bajan el filtrado renal, e incluso muchos, en situaciones graves, entran en coma”, informa el jefe del Programa de Medicina Interna del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, Roberto Fayanás.

Y alerta que “los adultos mayores están en mayor riesgo, porque por su estado sensorial no ingieren la cantidad de líquido necesaria”.

Si el anciano es obeso, tiene problemas cardíacos u otras enfermedades de base, explica Fayanás, con el calor la situación empeora ya que los mecanismos de conservación no funcionan bien, lo que aumenta el riesgo.

“Por eso, en los geriátricos el personal debe estar entrenado para asistirlos, hidratarlos y mantenerlos en lugares abiertos y frescos”, advierte.


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