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Si bien la Naturaleza es quien se lleva las palmas en este sentido, no podemos ignorar que la mayoría de las veces lo hace con la “colaboración” de malas actitudes y costumbres de los seres humanos.
Es el individuo, en definitiva, quien aplica la destrucción como una obsesión insana. Tal vez haya sido siempre así, aunque actualmente parece más notorio, más generalizado… y menos justificable.
En ciertos puntos clave de las carreteras cercanas a la frontera, es común ver montones de vidrios rotos, producto de las botellas de bebidas alcohólicas descubiertas en el equipaje de viajeros y/o contrabandistas “hormiga” en las razias de inspección. También se ve azúcar regada en el suelo, y bolsitas de nylon volando alrededor.
Quien haya comprado esos productos sabe que no los verá más, y haciendo uso del mismo derecho a la propiedad que lo está condenando, prefiere inutilizarlos para asegurarse de que no los disfruten ―o comercialicen en provecho propio―, los mismos “honestos” señores que se los están quitando.
Es un ejemplo de destrucción como contrapartida ante la consabida corrupción disfrazada de legalidad, que siempre recae sobre aquellos que pasan por la frontera no más mercadería de la que pueden cargar en dos bolsos, sin haberla declarado.
Otro caso es el de los que prefieren convertir su producción en basura cuando el precio ofrecido por el comprador no los compensa. Así se han tirado miles de litros de leche, y toneladas de duraznos. Pero aquí ―aunque esté perfecto que un productor se niegue a venderle a un agiotista―, la destrucción no se justifica. Los comestibles se pueden donar, aunque sean perecederos, y sin gasto alguno. Sólo hay que correr la voz y la gente necesitada irá en busca de alimento.
También vemos la destrucción de armas incautadas, en un acto casi solemne… cuando a la vez se divulga que la Policía no cuenta con el armamento necesario y es sabido que cualquier efectivo policial puede poner “en hoja” un arma de fuego, por peor cuidada que esté.
No hace muchos días, una aplanadora de 8 toneladas acabó con una partida de vehículos falsificados de origen chino, en su mayoría motocicletas similares a las Honda. ¿No alcanzaba con decomisarlas? ¿Acaso al Ministerio del Interior no le evitaría tener que comprarlas para la Policía que anda en la calle? ¿No podían venderse como “decomisos de aduana”?
Antiguamente había comercios que se dedicaban exclusivamente a ese tipo de ventas, ubicados en el Centro, en los alrededores de la calle Soriano, donde el público adquiría todo tipo de productos a precios mínimos, con ganancias importantísimas para el Estado.
Ni que hablar con las frecuentes quemas de “ladrillos” de marihuana… que además de contaminar el ambiente hacen las delicias de más de cuatro celebridades presentes en el “evento” aspirando “el humito embriagador”…
A nadie se le ocurre pensar en las propiedades medicinales y terapéuticas de la marihuana (cannabis), conocidas y utilizadas desde hace miles de años. Actualmente, el uso médico de los cannabinoides es normal en los países desarrollados, cuyos laboratorios los elaboran en función de la dolencia a atacar (tratamientos de dolores neurológicos, calidad del sueño, funciones motoras del colon, esclerosis múltiple, reducción de espasticidad de lesiones medulares, inhibición del primer marcador del Alzheimer, etc.).
En realidad, lo que no se le ocurre a nadie es que la destrucción sin miramientos, sin un análisis inteligente de la utilidad de cada cosa, no es más que una demostración obsesiva de poder. Lo que está prohibido, se destruye. Si sirve para otra cosa, no importa. Igual que en otros tiempos no muy lejanos, cuando estuvo prohibido quejarse, y a muchos que lo hicieron… se los destruyó.
Elizabeth Oliver
Fuente:La Quincena de Eliza y Miguel













