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Antes de la asunción del Presidente Mujica, se hablaba que la residencia presidencial sería convertida en una oficina más de tantas, que tiene el Estado llenas de burócratas, lo cual la verdad sonaba a disparate. Pero al parecer los vientos cambiaron de cuadrante y ahora será un museo. Suena razonable.

El presidente José Mujica decidió transformar la residencia presidencial de Suárez y Reyes en el “Museo de los Presidentes”.

Allí reunirá documentos, recuerdos y objetos de todos los mandatarios que tuvo el Uruguay para que lleguen a la ciudadanía.

Mucho antes de asumir como presidente de la República, Mujica advirtió que su intención era vivir en la chacra y no en la residencia de Suárez, como tampoco lo hizo el ex presidente Tabaré Vázquez.

Si bien no se niega a utilizar las oficinas para recibir a mandatarios extranjeros, como establece el protocolo, no quiere conservar la casa cerrada al público como ha ocurrido hasta el momento.

Con ese objetivo, anunció a sus allegados que destinará Suárez a un “Museo de los Presidentes” y que abrirá sus puertas para que los ciudadanos puedan acceder a un edificio que siempre fue cerrado al público y que en los últimos años solo abrió sus jardines en el Día del Patrimonio.

Según dijo al diario Ultimas Noticias la senadora Lucía Topolansky, la intención del mandatario es que la ciudadanía pueda disfrutar del lugar y acceder a la historia de los presidentes del país.

Sin embargo, Mujica se reservará el uso del edificio conocido como Suárez Chico, donde están instaladas las oficinas de la Presidencia y donde se realizan reuniones protocolares con otros jefes de Estado y autoridades extranjeras.

La oficina permanente del nuevo presidente se mantendrá en la Torre Ejecutiva.

El plan del mandatario para la residencia de Suárez forma parte de un “paquete” que incluye a otros edificios oficiales que recibirán un nuevo destino.

Es el caso de la residencia de Punta del Este, cuya venta Mujica anunció en una primera instancia, lo que provocó la oposición del sistema político, incluso de la izquierda.

Ante la oposición manifiesta de poner en venta los bienes del Estado, el mandatario señaló que la dejaría para uso de las oficinas del Banco de la República y sugirió que los presidentes que en el futuro viajen a Punta del Este, se alojen en hoteles.

Asimismo, piensa en un destino diferente para la estancia de Anchorena, aunque tampoco la pondrá en venta y por lo que recordamos del legado de Aaron de Anchorena tampoco podría hacerlo.

La idea de reunir en un lugar diversos objetos representativos de los mandatarios uruguayos existió en gobiernos anteriores y fue profundizada por Vázquez, que pretendió hacerlo en el Palacio Estévez.

En el último año de su mandato, Vázquez ordenó adaptar una sala para recibir la urna con los restos del general Artigas.

Su intención era incorporar nuevos elementos a los ya existentes -entre ellos el carruaje de Fructuoso Rivera y el escritorio de José Batlle y Ordóñez- para tener los restos de Artigas como elemento central en un “Museo de los Presidentes”.

La iniciativa quedó truncada ante la resistencia de diversos actores del sistema político y de la ciudadanía. Mujica adelantó que no someterá a la ciudadanía a un nuevo debate por ese tema y dejará a Artigas en el Mausoleo pero trasladará numerosos bienes presidenciales a Suárez para que puedan “llegar al pueblo”.

Cocineros para voluntarios

El presidente José Mujica destinará a los cocineros de la Presidencia, que trabajan en la residencia de Suárez y Reyes, a elaborar comida para los voluntarios que se desempeñen en los diversos planes de integración que desarrollará el gobierno.

La senadora Lucía Topolansky dijo en el cierre del campamento de jóvenes del Movimiento de Participación Popular (MPP), realizado en el camping de Portezuelo, que “Pepe dijo que tenemos que organizar una cocina para darles de comer a los voluntarios. En Suárez hay unos cocineros presidenciales que pueden cocinar para ellos. Vamos a usar todos los recursos y cada uno dedicará el tiempo que pueda para estas patriadas”.

Hogar de mandatarios

La residencia de Suárez y Reyes es obra del arquitecto francés Juan María Aubriot, a pedido de Adelina Lerena en el año 1907.

A la muerte del dueño de casa, la familia decidió vender la propiedad, que fue adquirida por el alemán Werner Quincke; éste a su vez se la vendió al Dr. Federico Susviela y su esposa Ma. Corina Elejalde

Esta familia se vio en penurias económicas y ante el aluvión de deudas, cedió sus derechos a la Intendencia Municipal de Montevideo en 1947.

Luis Batlle Berres fue el primer mandatario en emplearla como residencia presidencial y antes de ocuparla le encomendó reformas al arquitecto Juan Scasso. De ahí en adelante, todos los presidentes que le sucedieron la usaron para tal fin, salvo dos excepciones: Oscar Gestido y Tabaré Vázquez. Ambos prefirieron vivir en sus casas particulares ubicadas en Pocitos y Prado, respectivamente.

Entre los mandatarios que vivieron en la residencia junto a sus familias están: Andrés Martínez Trueba, Jorge Pacheco Areco, Juan María Bordaberry, Aparicio Méndez, Gregorio Álvarez, Julio María Sanguinetti en dos ocasiones, Luis Alberto Lacalle y el último en ocuparla fue Jorge Batlle Ibáñez.

Vázquez realizó una reforma en 2006 que incluyó el reciclaje de las instalaciones de Suárez Chico y la construcción de una sala de prensa. En Suárez Chico, Vázquez dispuso el despacho del presidente, del prosecretario de la Presidencia, y de los secretarios.

En 1907 los esposos Fein-Lerena adquirieron un predio en los aledaños del emblemático barrio montevideano que fue conocido inicialmente con el muy madrileño nombre de “Quinta del Buen Retiro”, más tarde como “Prado Oriental” y hoy simplemente como “El Prado” que, aunque con esta breve y nueva denominación, vuelve a recordar otro de los ámbitos más clásicos de la capital española.

El matrimonio decidió entonces encomendar al arquitecto Juan María Aubriot, (quien legó a la ciudad, entre otros edificios, el Palacio Lapido y la Sede Central de la Universidad de la República) la construcción de su residencia en esos terrenos, optando por una casa de cuatro plantas, de marcada tendencia ecléctica historicista, propia de la época, y con un diseño emparentado con los mejores estilos franceses y centroeuropeos, cuya inauguración se llevó a cabo al año siguiente.

Así comenzaba, de alguna forma, la historia de una magnífica propiedad, que en los últimos tiempos ha gozado de la excelente decisión de ser incorporada al circuito de ofertas que integra el cúmulo de expresiones arquitectónicas montevideanas que es posible visitar, y disfrutar, en ocasión de la celebración anual del Día del Patrimonio.

En tales oportunidades quien accede a la residencia puede tomar contacto con muy importantes objetos de arte, con un destacado mobiliario y un aroma que, en definitiva, lo acerca a una porción particularmente bella y valiosa de las expresiones culturales que caracterizan al país.

En la planta baja, también llamada planta protocolar, se distinguen y desarrollan principalmente el Salón homónimo, el Hall de Honor, la Sala Mayor, la Sala de Música y el Escritorio Presidencial, todo lo cual muestra una significativa e interesante variedad de estilos, que van desde el renacentista inglés al anglo-alemán, pasando por el fino portugués.

Yesería de oro a la hoja, cuadros y retratos (obras de de afamados autores nacionales), alfombras persas, porcelanas de Limoges y cortinados, arañas de cristal francés y finos faroles, esculturas y potiches, decoraciones de refinado gusto y hasta una extraordinaria “garniture” holandesa (Delft, original, del siglo XVIII) componen parte de su acervo más preciado. Todas y cada una de las piezas son minuciosamente fotografiadas, numeradas e identificadas, de modo de poseer en forma veraz y actualizada un detallado inventario de las mismas. La permanencia de las obras propias del inmueble se ha visto más de una vez acompañada por la presencia de otras obras, de propiedad personal del Presidente de turno que haya decidido habitar la finca y apostar a una decoración con elementos pertenecientes a sus colecciones particulares.

Hacia 1920 la propiedad pasó a manos del matrimonio Quincke-Hoffmann, quienes le introdujeron reformas (entre otras, la adición de ascensor) a través de la contratación del ingeniero y arquitecto muniqués Karl Trambauer y más tarde el bien fue cambiando de usos y de dueños: el primer patólogo con que contó la medicina nacional, el Dr. Federico Susviela y su esposa Ma. Corina Elejalde, la tuvieron en propiedad como vivienda, desde 1925, la Intendencia Municipal de Montevideo, como adquirente, desde 1940, el Servicio de Oceanografía, Hidrografía y Meteorología de la Armada, como usufructuario, desde 1941, y, finalmente, desde 1947 ha sido la residencia oficial para quien tenga la misión de ejercer la titularidad del Poder Ejecutivo. Esta situación emergió de una sugerencia de la esposa del entonces Presidente de la República Luis Batlle Berres, quien requirió su reacondicionamiento al arquitecto Juan Scasso (el mismo que construyera el mítico Estadio Centenario y el edificio del Ex Hotel Miramar, sede hoy de la Escuela Naval en el barrio de Carrasco, entre otras obras de envergadura).

Desde entonces han existido mandatarios que han utilizado la conocida como “Residencia de Suárez” como vivienda personal y familiar, mientras que otros han optado por prescindir de esa circunstancia y no ocupar el inmueble más que para convocatorias protocolares o de trabajo, de entrevistas o la realización de conferencias privadas, así como reuniones ministeriales o la presentación de cartas credenciales diplomáticas.

Con el correr del tiempo, y hasta fechas recientes, la casa fue objeto de sucesivas adaptaciones y mejoras, remodelaciones y decoraciones. Asimismo amplió sus espacios originales y su perfil con la incorporación de varios padrones aledaños, con el agregado de atractivas estatuas de terracota y de mármol de Carrara, con el plantado de nuevas especies arbóreas y de jardinería, con la construcción de un bello rosedal y un muy cómodo pabellón destinado a la celebración de eventos protocolares y, además, dándole participación para su embellecimiento a los arquitectos Enrique Benech y Nelson Colet y a los renombrados artistas plásticos nacionales Manuel Espínola Gómez y Enrique Medina, siendo este último quien tuvo a su cargo la realización de las pinturas murales en la fachada de lo que fuera la antigua cochera de la residencia.

Allí está, enclavada en el entorno mágico de El Prado, bordeados parte de sus muros por el extremo de la Avenida 19 de Abril, bebiéndose el sol que, en su giro, le regala sus rayos toda la jornada, aguardando que la población le continúe dedicando el trazo de respeto que infunde su presencia y su destino.


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