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Era la una de la madrugada del 27 de febrero 2010, cuando un grupo de botánicos españoles decidió poner fin a la tertulia tras la cena y acostarse en las tiendas de campaña. Habían decidido acampar en la playa de Puerto Francés, a 16 quilómetros del pueblo San Juan Bautista, en la isla Robinson Crusoe.

Al amanecer pensaban visitar El Rebaje de la Piña, donde existe una de las mayores reservas de vegetación autóctona.

De los ocho integrantes del grupo, tres se quedaron en el refugio y el resto se instaló en dos tiendas cerca de la orilla del mar.

A las cuatro y media de la madrugada del sábado 27, se oyó un fuerte estruendo. En décimas de segundo el maremoto arrasó el lugar de la acampada donde todos dormían menos uno, que estaba fuera de las tiendas, pero al que no le dio tiempo de avisar.

“Hubo varias olas. La primera llegó suave. La tienda se desplazó y nos sumergimos bajo el agua con la tienda totalmente cerrada. La segunda fue tan fuerte que hizo añicos el refugio, que era de madera y hierro”, relataba el madrileño Ramón Gómez por teléfono desde Santiago de Chile antes de tomar el avión para España.

Él y su mujer, Cristina, paisajistas y profesores, se encontraban en una de las tiendas de campaña.

“Es angustioso despertarse en plena noche, sin entender nada, con el agua al cuello, sintiendo que estás siendo arrastrado. Intentaba justificar por qué estábamos en esa situación”, explica Ramón, al que le costó hacer reaccionar a su mujer, en pleno ataque de angustia, y que además llevaba puestos tapones en los oídos.

Ramón decidió tener la cabeza fría e intentar salir de la tienda como fuese. Pidió a su mujer que buscara la cremallera:

“Cristina tomó una fuerte bocanada gracias a una pequeña bolsa de aire que teníamos dentro de la tienda y buceó sintiendo que era la última oportunidad. Consiguió abrir la tienda”.

A partir de ese momento, Ramón y Cristina nadaron hacia la orilla, desorientados, a oscuras y con fuertes corrientes. Fueron los 300 metros más largos de sus vidas.

Por el camino, se encontraron con otro compañero que también nadaba para ponerse a salvo. Sólo cuando vieron una pequeña luz a lo lejos, encendida por un compañero que se encontraba subido a un cerro, recuperaron la esperanza.

Para Ramón y Cristina, lo peor no fue sobrevivir al maremoto, sino la pérdida de un compañero, el catalán Miguel Marín, que falleció tras golpearse la cabeza contra una roca.

Al borde de la hipotermia y medio desnudos -”nos abrazábamos como piñas”-, una pequeña fogata, gracias a las cerillas que logró rescatar la guía chilena que les acompañaba, permitió que se repusieran del frío.

Al amanecer salieron calzando unos patucos que Cristina confeccionó con restos de tela hacia el pueblo.

“Estábamos angustiados por dejar a Miki allí, ya que no pudimos recuperar su cuerpo”, recuerda Ramón.

Tras seis horas de caminata llegaron al pueblo. El panorama era dantesco.

“El 75% del pueblo había desaparecido y nuestra hostería estaba arrasada, con todas nuestras pertenencias. Nos atendieron los isleños hasta que llegó un helicóptero y nos llevaron al continente”.

El grupo de botánicos denunció la falta de atención y sensibilidad que recibieron por parte de las autoridades españolas:

“Nos desatendieron totalmente y no se preocuparon de nosotros, a pesar de saber que habíamos perdido la documentación y sobre todo a un compañero”.

El dolor es desgarrador en la isla Robinson Crusoe, que inspiró el relato de aventuras de Daniel Defoe, en mitad del océano Pacífico.

Hoy más que nunca los náufragos vagan por la isla entre el dolor de haberlo perdido todo y la desazón de los familiares desaparecidos, que ascienden a 11 y cinco muertos.

Entre ellos, está Puntito, nieto de los dueños de la hostería Martínez Green, donde se alojaban los botánicos españoles.

Sus abuelos, Guillermo y Jimena, pescadores de langosta, no consiguen remontar su pérdida, según los testimonios que llegan por correo desde “el único computador que queda en la isla y que compartimos”, explica Miguel Rojas desde la isla.

Le llamaban Puntito porque era más pequeño de lo normal para los ocho años que tenía, pero su nombre era Joaquín.

Equipado con un palo y una gorra, siempre estaba listo para subir a los cerros y acompañar al viajero.

Miguel Rojas relata en primera persona el devastador ‘tsunami’ que arrasó la isla chilena Robinson Crusoe, los horrores y milagros de sus vecinos supervivientes de San Juan Bautista. Otros muchos no pudieron contarlo. La ola se llevó a ocho personas y otras tantas siguen desaparecidas.

A salvo, con su familia en Santiago de Chile, Miguel relata los testimonios de los náufragos del siglo XXI

“Eran las 3.40 de la madrugada cuando sentimos un temblor suave. De inmediato, suena el teléfono. Preguntaban por Paula, la bióloga marina que estaba alojada en mi casa junto a tres compañeros más.

En la conversación telefónica, el padre de Paula le dice que ha habido un terremoto en el continente y que suba unos 50 metros al cerro para quedarse él más tranquilo.

Paula no nos cuenta esta conversación y se acuesta nuevamente. No supimos lo que le dijo su padre hasta que vimos a éste por la televisión donde lo contaba en una entrevista. Yo me fui a acostar.

Seguí inquieto hasta que sonó el gong a las 4.20 más o menos.

En ese momento, miro por el ventanal de mi casa y veo que la cancha de fútbol que está a unos 80 metros de mi casa estaba cubierta de agua.

Fue la primera ola, la primera llenada de mar. No le dije nada a mi mujer para que no le entrara el pánico.

Le dije que se vistiera rápido y vestimos a nuestro hijo, todo muy rápido. Saqué la linterna que siempre dejaba colgada junto a la puerta y cogí el mando de la televisión para quitarle las pilas. Estaba oscuro, se había ido la luz.

Entonces vimos que venía la segunda ola, grande, con mucha fuerza. Grité a los biólogos; Florian, Richard, Luis y Paula:

-¡Corran güevón, el agua esta en la cancha! -les grité y reaccionaron conmigo y corrimos. Paula se volvió a buscar algo. Mi hijo corría como una gacela, tiene 8 años y se llama Cristóbal. ‘¡Corre, corre Cristóbal, corre!’, le dije y no paró de correr.

Cuando estábamos corriendo frente al Restaurante Cumberland vimos que la ola venía a unos 60 metros de la polvora [el camino de evacuación] en dirección a nosotros. Teníamos que correr más rápido.

Llegamos a una especie de cortafuegos y empezamos a subir. Mi hijo iba por delante; estaba ya lejos, pero las mujeres, Paula y mi mujer Mariela, estaban retrasadas. Me detengo y miro hacia atrás. La ola estaba a unos 5 metros de mi mujer y Paula no estaba.

Los cables eléctricos se cortaban a nuestras espaldas. En ese momento, me percaté de que era un monstruo de 200 metros de ancho por 15 de altura lleno de escombros y que rugía como mil demonios comiéndose todo a su paso. Cuando llegaron al cerro todos vomitaron todo lo que comieron.

Ismael, el novio de Paula, se volvió a buscarla pero no la encontró hasta el otro día, a unos 100 metros de donde se la llevó la ola. Fue desgarrador reconocer el cadáver, rompimos a llorar sobre ella.

Me ponía en el lugar de Ismael y me sentía afortunado porque los míos estaban vivos.

Cuando estábamos saliendo de la casa y les gritaba a los biólogos, Marcelo Rossi, propietario de una hostería, y su familia, intentaban escapar en su camioneta pero la primera ola los atrapó y se llevó a su mujer. Los niños y Marcelo quedaron en el interior de la camioneta.

Esta empezó a subir por la fuerza del mar y cuando estaban flotando a unos 5 metros arrojó a su hijo a los brazos de Leopoldo, el alcalde de San Juan Bautista, que es vecino. El mar se recogió pero no podía salir de la camioneta.

Llegó la segunda ola y lo levantó nuevamente, esta vez más alto, unos 10 metros. Salió de la camioneta, se agarró a una rama pero su hija seguía en la camioneta. Se lanzó sobre ella y trató de romper los cristales pero no lo logró.

Se da cuenta de que la otra puerta estaba abierta y saca a su hija que estaba aguantando la respiración.

Logra agarrarse a un árbol. Mientras, el mar se enfurece aún más, la camioneta se eleva y se queda sobre un árbol a unos 12 metros de altura.

El resto de las personas de las casas vecinas escapaban por los cerros, salvo una pareja de ancianos que murieron juntos en el mar.

Con la primera ola, Pedro Niada, su mujer con sus dos hijos, más un amigo de ellos, Matías, dormían en el Pez Volador, su hostería.

Despertaron en medio de la bahía rodeados de agua. La casa se parte por la mitad pero no se separa, se quedaron en la hendidura que se formó. Trataron de subir y llegar a una ventana del segundo piso y así pudieron agarrarse a un bote que había al lado y se lanzaron al mar.

Estaban casi desnudos, llegaron al bote y se subieron. Entonces llegó la segunda ola y el bote empezó a dar vueltas y los fue a dejar a la playa a unos 500 metros de donde estaban al principio.

En el momento de la primera ola, había una fiesta de despedida en el Marenostrum.

Les pilló y empezaron a correr. Germán, el dueño del local, se quedó el último y se lo llevó el mar. Se subió al bote El Galileo y arrancó el motor y se así pudo recoger a personas del agua, entre ellos, la mujer de Marcelo Rossi y a Ilka Paulentz, curiosamente la dueña del bote.

Más al norte estaba la hostería Martínez Green en donde vivía Joaquín, más conocido como Puntito por su pequeño tamaño.

Su madre tuvo la mala suerte de elegir lo peor que hacer en estos casos y se escondió bajo la cama con Joaquín y Pablo, sus hijos menores.

El mar se llevó al más pequeño y no se supo nada de él. Mientras se escondían bajo la cama, Martina golpeaba el gong aterrada porque no salía su familia de su casa.

Ella estaba inquieta por el temblor que ocurrió 35 o 40 minutos antes y alertó a su familia pero no le hicieron caso.

Martina se vistió y llenó una mochila con ropa y vio por la ventana que subía el mar. Despertó a su papá y fue a tocar el gong que estaba a unos 60 metros.

Cuando salieron de su casa, Ignacio Maturana, cabo primero de carabineros relevó a Martina y le dijo que corriese al cerro.

Con lágrimas en sus ojos golpeó el gong con mas violencia aún viendo como llegaba la segunda ola, devastadora. Empezó a correr cuando calculó que la ola no le atraparía.

En la zona del cementerio, una de las más afectadas por el tsunami, Chicho, el pescador que construyó su casa con botellas, escucha ruidos y se despierta. Ve el agua en la cancha de fútbol y corre a alertar a sus vecinos.

Los despierta y se sube a un eucalipto. Ahí se quedó cuando llegó la segunda ola y vio como se destruía todo.

Manique, uno de sus vecinos, lloraba porque el mar le arrancó a su hijo Javier de las manos.

Lo mismo le pasaba a Omar con su hija Axa y a Danilo con su hija Maite.

Mucha gente más se salvó al subir corriendo a los cerros porque escuchó el gong que tocó Martina.

Estos son los horrores y milagros que no quiero volver a vivir nunca más”.

Fuente:El Pais.es


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